Desenterrando a Carolina
Parecía que todo estaba cerrado, pero bastan unas dudas en un informe para volver a abrir el caso... y la herida.
Aunque en Vietri Sul Mare parece que todo ha vuelto a la normalidad, aún quedan muchas heridas abiertas y demasiadas cuentas pendientes. El caso de las jóvenes asesinadas se dio por resuelto, pero no todo estaba tan bien atado como parecía.
Un detalle en el informe, una duda mal cerrada, y la investigación vuelve a ponerse en marcha. Con las nuevas preguntas regresa también la sangre al pueblo, obligando a mirar otra vez donde nadie quería mirar.
El círculo solo puede cerrarse desenterrando a Carolina, literal y metafóricamente. Será doloroso, pero alguien tiene que ponerle punto final a esta historia, aunque el precio de hacerlo no sea el mismo para todos.
(Dos días después de la llegada de Bea a Vietri Sul Mare)
—Pasen, inspectores, los estábamos esperando.
—¡Mierda, no!, ¡mierda, mierda, mierda!
—Soy la inspectora Hermosi.
—¡¡¡Mierda!!!
—Él es el inspector Benevento; además de decir mierda, sabe otras dos o tres palabras más.
—Mierda. ¿Cuándo ha pasado esto?
—Lo ve, son cinco palabras.
—Estimamos que anoche, sobre las tres de la madrugada, hora arriba, hora abajo. La anciana de allí vio la puerta abierta y entró para ver si pasaba algo; al entrar se encontró con el espectáculo. Antes de que llegaran los sanitarios le dio un jamacuco y la palmó ahí mismo.
—Respeto, por favor.
—¿Quién fue el primero en llegar?
—Yo mismo. Intenté reanimarla, pero nada, solo conseguí partirle un par de costillas. Espero que no me cueste una sanción.
—Lo veo afectado por la vida de estas dos personas.
—Mi supervisor dice que me puedo ir si ya están aquí; esta tarde les paso un informe. El técnico del departamento forense está buscando no sé\...
—Una botella de vodka y una chica sin ropa ---respondieron ambos al unísono.
Otra vez el monstruo de todas las pesadillas de Vietri Sul Mare aparecía en el pueblo.
Una chica joven atravesada por una barra de hierro en el vientre. A primera vista, todo era igual que las anteriores: desnudas, con la ropa acomodada a su lado, un cadáver hermoso y olor a alcohol.
Poco tardaron en encontrar la botella de vodka barato que había rodado bajo el sofá; lo que no apareció fue una compañera durmiendo cerca, sin haberse enterado de nada.
Cuando encontraron a Lucía, la primera chica que apareció, su amiga Nicoleta estaba borracha en una de las habitaciones de su piso de estudiantes. No había visto ni oído nada; de hecho, le costaba recordar incluso su propio nombre.
Por aquel suceso, un hombre rico fue arrestado y condenado a una pena irrisoria, digna de su abolengo.
Once años después, cuando Franco, el asesino, estaba ya en la calle, otra chica apareció en las mismas circunstancias. Todo era extremadamente similar, salvo por el hecho de que no había una amiga borracha en una habitación del piso. Algunos pensaban que se trataba de un imitador; otros, de alguien que pretendía incriminar al anterior asesino para que volviera a la cárcel; la gran mayoría, que lo había vuelto a hacer.
Aún sin resolverse el caso, y con la inspectora a cargo convencida de que había ocurrido lo primero, otra joven apareció muerta. Esta vez sí había una segunda joven que no recordaba nada junto a la atacada, pero la víctima no era un cadáver inmaculado, sino una víctima violenta: al parecer, despertó cuando le atravesaron el vientre insuficientemente con la barra, y el asesino terminó su trabajo a mazazos en la cabeza.
Había otra singularidad en todo esto: la tercera víctima era la misma chica que apareció dormida junto al cadáver de la primera.
Ahora, dos años después de una secuencia de muertes incoherentes perpetradas por una joven que pretendía vengarse del primer asesino y otras consecuentes a las primeras, volvía a aparecer un bello cadáver.
Todos en Vietri dormían tranquilos por las noches pensando que las víctimas eran obra de Franco, pero bien sabemos que no fue así.
—Por favor, Hugo, esto no puede estar pasando; sabes que huele muy mal, dime que no sabes nada de este asesinato.
—¿Qué me dices? ¿Cómo crees que puedo saber algo?
—Nunca debiste meterte a revolver todo, te lo dije; sabía que antes o después alguien iba a sentir que le pisaban un callo y todo iba a volver.
—El asesino está muerto, ¿de qué callo me hablas?
—Y una mierda, el asesino muerto es el que les venía bien a los jefes para cerrar el caso.
—Ya estamos con las teorías conspiratorias.
—Pero si eres tú el que se puso a revolver los expedientes y a llamar a testigos. Si tenías tan claro que estaba todo cerrado y bien atado, ¿para qué te has puesto a ver más allá de la versión oficial? Ah, perdona, se me olvidaba\... tetas.
—No vayas por ahí.
—¿De verdad creías que el asesino era el niño rico ese? ¿Que todo fue por acostarse con ellas? Por Dios, no puedes ser tan infantil; mira lo que tienes enfrente, eso es lo que pasa cuando quieres presumir de superpoli para poner cachonda a una tía y te metes donde no debes. Ahora vas y les explicas a los padres de esta cría que la mató Franco, el mismo de la primera vez, como hicieron con la segunda y la tercera. Mala noticia, amigo: esta vez no cuela.
—Menuda compañera tengo.
—No tienes una mala compañera, eres idiota, y lo sabes. Por cierto, ¿dónde estabas? Te he llamado veinte veces.
—En mi casa, estaba\... tenía el sueño profundo.
—Ya, ¿cómo se llama esta vez tu «sueño profundo»? Más te vale que no sea quien estoy pensando, porque, si es así, tienes un problema.
—Joder, ayer estábamos diciéndole que vuelva a su país, que no había nada nuevo, y ahora esto.
—¿Estás pensando en la misma persona que yo?
¿Cuánta gente crees que sabía que estaba aquí?
—La has cagado, tío, y encima me debes un desayuno.
Poco más tarde, en la comisaría, Marta Ecumeni, la forense de todos los casos anteriores y también de este, los esperaba enfurecida tras escuchar por boca de su superior las conjeturas de los inspectores.
—¿Cómo te atreves a decir que fue ella?
—Marta, tranquilízate, Hugo no va a acusar alegremente a alguien así porque sí ---dijo Paola con voz pausada.
—¿Qué motivos...? ¿Cómo...?
—Pasó la noche con ella. Jura que se quedó dormido y que, cuando se despertó, habían pasado muchas horas. Dice que se durmió profundamente y cree que le echó algo en la bebida. Lleva varios días apareciendo en medio de todo esto; él estaba seguro de que algo tramaba y, ahora, ya ves.
—¿Y para tenerla cerca e investigarla te has acostado con ella?... No seas cobarde, di algo.
—No va a decir nada, ni él ni Angélica. Se lo he prohibido. No pueden hablar contigo, eres muy cercana a la sospechosa.
—Y la jefa forense de esta comisaría.
—Marta, te juro que esa chica está loca, tú lo sabes bien
—interrumpió por fin Hugo---. Estaba seguro de que planeaba algo...
—Y te acostaste con la novia de mi hijo para tenerla controlada. Menuda hazaña. Hoy tendré dos cadáveres nuevos en mi cámara y, si por mí fuera, el tuyo sería el tercero.
—Marta...
Por primera vez en los muchos años que llevaba trabajando allí, perdió el control y le dio una bofetada que apenas acusó el robusto cuerpo del joven inspector, pero que demolió su moral. Para todos, Marta era el vivo ejemplo de la virtud y la profesionalidad; esa bofetada era como la marca de la vergüenza.
—Ahora, si quieres, vas y me denuncias o, si no, te acuestas conmigo, que parece que es así como resuelves tú las cosas.
—Marta, tranquilízate, por favor. Acabamos de pedir un forense a Salerno, y luego a Nápoles, para que se hagan cargo. Tú deberías mantenerte al margen, pero están hasta arriba de trabajo y no piensan mandar a nadie. Al fin y al cabo, no tienes una relación legal con ella. Tampoco está acusada, es sospechosa únicamente a causa de unas conjeturas. Si al avanzar esto se compromete un poco más...
—Por Dios, ¿de qué estamos hablando? ¿Cómo va a matar esa cría de cincuenta kilos a alguien atravesándola con una barra de hierro, y cómo iba a hacerlo desde la cama de este descerebrado? Ella dice que pasó toda la noche con él, que la emborrachó y que se aprovechó de ella... La otra alternativa es que haya sido él mismo. ¿Crees que es más probable que le atraviese el vientre una cría flacucha o un consumidor de anabolizantes de gimnasio que va de chulo tirándose a todo lo que encuentra? Recuerda, además, que antes la convencieron de que se desnudara; no le quitaron la ropa por la fuerza.
—Es la palabra de un policía contra la de una chica de fuera que ya estuvo involucrada en el caso anteriormente.
—Como víctima. Estuvo a punto de morir a manos de Franco, y este «policía» está obsesionado con el caso y con todo lo que tenga escote. Hasta conmigo ha intentado ligar... No está bien de la cabeza.
Hugo bajó la mirada; sabía que cualquier cosa que dijera solo serviría para enfurecer más a Marta, y necesitaba que ella le ayudara a resolver el caso una vez se calmase. Era la única que realmente había hecho un trabajo concienzudo las veces anteriores y que no se dejaría llevar por las circunstancias, aunque estas la enfrentaran a la joven que vivía en su casa desde hacía un par de años.