El secreto de las ánforas
Un manuscrito lleno de asesinatos, una casa demasiado familiar y una pregunta incómoda: ¿y si no es solo ficción?
Mariana descubre en su casa un maltrecho manuscrito del que desconoce su autor, aunque sospecha que podría ser de su padre. En él se confiesan terribles asesinatos. ¿Se trata de una novela o de un diario?
Mientras reconstruye poco a poco el texto, se sumerge en una aventura angustiosa intentando descubrir la verdad junto a algunos amigos, no sin arriesgar más de lo que debería yendo más allá de lo que dicta la coherencia.
Un thriller sin respiro que roza por momentos el terror en busca de «el secreto de las ánforas».
Mariana se empeñaba en mover la vieja estantería de madera al lado opuesto de la cocina, aunque por mucho que se esforzaba no conseguía cambiarla de sitio. Era un mueble robusto y centenario, de madera oscura y pesada, nada coqueto y lo suficientemente grande como para que la pequeña humanidad de la joven no consiguiera desplazarlo sobre las gastadas baldosas de la antigua cocina.
Llevaba viviendo allí casi un año y no había podido ni siquiera adaptarla a lo mínimo que le hubiera gustado.
La casona era una edificación elegante del siglo XIX, construida por algún pariente en medio de la finca familiar, en una época en la que gozaban de muy buena salud económica. Nada más lejos de la situación actual.
Su padre, antiguo trabajador de campo había sido prejubilado por problemas de salud y ella, con veintinueve años, no conseguía terminar la carrera de abogacía, estudios que alternaba con trabajos mediocres y mal pagados.
La casona era un edificio enrevesado, de paredes anchas y heladas con, al menos, diez o doce habitaciones, un cuarto de baño en cada una de las plantas, así como muebles de dos siglos diferentes comprados por los antepasados que vivieron allí.
La instalación eléctrica estaba a la vista porque, cuando se construyó la casa, Édison aún era un niño y le faltaban años para inventar la bombilla. Pensar en Wifi o señales por vía satélite, cuando llegó a vivir allí, era una broma anacrónica.
La muchacha se enfrentaba diariamente a todo tipo de dificultades, no sólo por los alacranes y las orugas que campaban a sus anchas por los pasillos, sino por la situación en general. Las puertas eran pesadas y estaban descolgadas o hinchadas, razón por la que costaba moverlas. El agua era fría o muy fría --no había alternativa--, la humedad taladraba los huesos todo el año, la maleza crecía en el jardín más rápido de lo que ella conseguía quitarla. Todo era un despropósito para una chica que, a duras penas, conseguía sacar tiempo para su trabajo y su estudio.
Aun así, Mariana estaba convencida en que la pondría en orden y viviría feliz en ella más pronto que tarde.
En ese trajín de domarla se encontraba cuando al intentar mover la vieja estantería, que se le resistía, ésta acabó por desequilibrarse y caer pesadamente. Las lejas se partieron, el fondo se desdobló rebotando y casi le machaca el tobillo.
El dolor, pese a todo, no era muy intenso, pero el susto no tenía proporciones.
Sentada con ambas manos en el suelo y el corazón galopando, sus ojazos marrones intentaban escaparse mientras respiraba a bocanadas con ruidosa dificultad.
Mariana había sido criada por su padre y su tía en una localidad cercana a la casona. Cuando era niña, vivía con aquel en un pequeñísimo apartamento al que la hermana de su madre acudía diariamente para cuidarla y hacer la comida a ambos.
Antes de eso, había vivido con sus progenitores en la casona hasta que él enviudó y, al cabo de poco tiempo --al menos eso tenía entendido--, abandonaron la casona porque a él lo atormentaban los recuerdos.
Cuando hablamos de recuerdos no sólo estamos hablando del recuerdo de su esposa, ya que el padre de su padre, el abuelo de Mariana, también vivió allí al casarse hasta que su abuela, cosas de la vida, también falleció teniendo él muy pocos años y siendo hijo único. A pesar de ser pequeño, el recuerdo de su madre siempre vivió arraigado a esas paredes sacando de él lo mejor, y lo peor, que tenía dentro.
En otoño, podía sentir el perfume de ella merodeando por los pasillos cuando las ventanas se abrían y la brisa de la tarde se escabullía entre los peldaños de las escaleras, o acariciando las cortinas floreadas y descoloridas.
El abuelo de Mariana cuidó de su padre cuando era niño, hasta que emigró por trabajo a otro país y nunca regresó muriendo en el exilio y dejándolo solo en el inmenso edificio familiar a cargo de las labores del campo, sin más dinero que el necesario para comprar el pan de ese día.
Como en un berrinche infantil, comenzó a patalear con la intención de que los trozos de madera se apartaran lo más posible de ella.
«Un poco más de leña nunca está de más», pensó mientras miraba el estropicio una vez pudo ponerse en pie; no sin dificultad, por culpa del tobillo que comenzaba a amoratarse.
Se apresuró a recoger los trozos antes de que llegara su novio, ya que le había advertido una y otra vez que esa casa se caía a trozos, que más le valía irse a vivir con él. Y no porque tuviera que darle explicaciones, sino por la simple razón de no tener que escucharlo.
Mientras cargaba la carretilla con los maderos encontró entre ellos una libreta enmohecida. Iba a tirarla cuando la curiosidad le despertó ese gusanillo inquieto que todos llevamos dentro.
La libreta era simplemente una superposición de hojas rayadas sujetas en un extremo por un cordel y escritas con bolígrafo. Las hojas estaban pegadas entre sí y llenas de un moho gris verdoso que apestaba con un olor ceniciento y profundo que recordaba al lugar donde se tiran las flores en los cementerios. Intentó separarlas para ver de qué se trataba, pero sólo consiguió que algunas de las hojas centrales se partieran quedando pegados los trozos por los extremos.
Con cuidado, intentó limpiar las primeras hojas y, al cabo de algunos minutos y varios estornudos, consiguió, no sin dificultad, reconocer parte del texto, que completó remplazando las palabras que no conseguía leer con imaginación.
«No sé si debería escribir esto, pero sí sé que algún día tendrás muchas preguntas. Antes o después, alguien descubrirá lo que pasó, quiero que lo sepas por mí.
Evidentemente si esto sale a la luz, no estaré para darte mi punto de vista, por eso he decidido escribirte acerca de lo que ha pasado.
Sé que sólo soy un campesino y que escribir no se me da muy bien, pero siempre tuve, a falta de formación, bastante facilidad. Si hubiera tenido mejores oportunidades en la vida, quizá no estaría hoy escribiéndote esta nota que preferiría nunca haber tenido que plantearme.
Antes de nada, quiero que sepas que siento un inmenso dolor por lo que tengo que contarte. No me resulta fácil y ojalá nunca tengas que leerlo, que todo pase al olvido y se acabe por dejar atrás en el tiempo.
Sé que no soy el mejor padre del mundo, pero lo intento, te juro que lo intento con toda mi alma. Cuando tengas hijos comprenderás la dificultad que esto trae consigo, más allá de la enorme satisfacción.
Cuánto dolor hay en esta casa. Cuánta soledad desde que tu madre partió y nos dejó solos en este mundo.
Yo soy una persona que puede trabajar veinte horas al día, pero incapaz de llevar adelante una casa sin sentirme desdichado.
Debo reconocer que varias veces he esperado a que te durmieras. Te cubría con las mantas y, dejándote bajo la protección de una oración, me escabullía al pueblo en busca de un poco de comprensión.
Al principio me sentía muy culpable, era como traicionar la memoria de tu madre, por eso sólo te dejaba unas pocas veces. Pero, poco a poco, y sin que la culpa fuera a menos, comencé a salir con más frecuencia.
Hace un par de semanas, y Dios sabe que me arrepiento como nadie de lo que voy a contarte, salí en dirección al pueblo como tantas veces antes. La noche era muy oscura, parecía que podía llegar a llover de un momento a otro.
Mientras tomaba una cerveza, atormentado por mi soledad en el banco de una plaza perdida, donde ni una farola permitía romper el mal augurio que tan profunda oscuridad advenía, una pareja de jóvenes apareció tambaleándose por la calle. El muchacho, que parecía más bebido que su chica, tropezó y cayó sin intentar evitarlo, quedó inmóvil y bocarriba.
La muchacha quiso ayudarlo, pero casi se cae también y comenzó a reírse. Me acerqué para ver si podía hacer algo por ellos. Es verdad que yo había bebido también, pero aún podía estar de pie y salir corriendo en busca de ayuda si dado el caso fuera necesario.
Al acercarme, la joven se sujetó con dificultad a mi hombro mientras el chico parecía inconsciente.
---No intentes levantarlo, con lo que ha bebido no va a moverse en mucho rato ---dijo la joven a media voz---. Si mi padre me ve en este estado y llega a saber que estuve hasta estas horas con mi novio, y no con mi amiga Pili, me mata. ---Y dando un tropezón se aferró con fuerza a mi brazo para no caerse.
---¿Dónde vives? Venga, que te llevo para que no acabes como él en alguna calle.
---De eso, nada. No puedo volver a mi casa. Ya te he dicho que mi padre... me mata. Tiene una fusta sólo para los días que mi hermana o yo llegamos tarde.
Imaginando la brutalidad de un padre quizá tan borracho como ella, me apiadé y en lugar de seguir bebiendo le ofrecí traerla a la casona para que durmiera la mona.
De camino a casa, me contó sus desavenencias. También lo mal que lo pasaba en una familia donde no era bien considerada y, con frecuencia, era víctima de la mano pesada de su padre, que la zurraba para enderezarla de sus malas costumbres.
Al llegar a la casona, estábamos helados, así que le ofrecí un café y descansar en una de las habitaciones vacías. Era lo menos que podía hacer como buen cristiano.
No dudé en buscar entre las cosas de tu madre, que aún conservo, un camisón para que pudiera estar cómoda.
La muchacha, sin pudor alguno, se desvistió frente a mí, me miró con picardía y, antes de ponerse el camisón, me preguntó si realmente quería que usara algo de mi difunta mujer. Tal vez, en lugar de eso y ser víctima de malos recuerdos, prefería que siguiera así.
Podría contarte cualquier mentira de lo que sucedió en adelante. Pero sería eso, una mentira. La verdad es que no recuerdo muy bien lo que pasó a partir de ahí, creo que había bebido más de lo que pensaba o ella me provocó de algún modo. Quizá fueran ambas cosas, pero cuando quise darme cuenta estaba sentado en la cama llorando. Mis lágrimas, las secaba con el camisón de tu madre mientras, a menos de un metro, la muchacha se encontraba tendida en el suelo.
No recuerdo haberle hecho nada, ni bueno ni malo, sólo tengo presente el momento en que la vi tirada, con los ojos abiertos de par en par y la lengua apenas sobresaliendo de su boca, como contando un secreto. Su cuerpo desnudo proyectaba una sombra caprichosa, que se movía al ritmo de la llama de la vela que había encendido, porque esa habitación no tenía luz eléctrica.
Al principio, supuse que se habría desmayado, como su novio por la borrachera, pero al ver mis dedos agarrotados, y los brazos y muñecas llenos de arañazos, comprendí que algo más había sucedido.
Acerqué mi oído a su boca para escuchar si respiraba, intenté moverla para ver si, al ponerla boca arriba, podía sentir su respiración. Nada. Todo era silencio y quietud.
Los moratones en el cuello me dieron una vaga idea de lo que podría haberle pasado. Pero aun así confiaba en que, de un momento a otro, se levantara.
Estuve mirándola fijamente, esperando cualquier movimiento, al menos, durante un par de horas. Pero todo fue en vano. La muchacha no se movió ni una sola vez.
Cuando el sol comenzaba a asomarse entendí que ibas a levantarte de un momento a otro como hacías cada día, aunque no tuvieras que ir al colegio.
Tirando de la chica por sus axilas, la arrastré a la planta inferior con la intención de sacarla de la casa y dejarla en algún sitio apartado, donde algún despistado del camino se la encontrara. Pero temí que alguien me viera haciéndolo y todo se complicara aún más. Casi siempre sucede cada vez que alguien hace algo así.
Recordé, entonces, cómo eran las ánforas de aguardiente que hay en el sótano. Unas viejas tinajas de arcilla donde antiguamente se guardaba el licor que se destilaba en casa.
Bajé a la muchacha hasta el sótano, asegurándome de no encender ninguna luz en el salón al entrar en él.
Lo peor fue bajar las escaleras, sentía como cada peldaño de hormigón era un golpe más al ya maltrecho cuerpecito de la joven.
Una vez en la salita de las tinajas, y habiendo comprobado que fueran lo suficientemente grandes como para que la chica cupiera, decidí meterla en una de ellas.
El pobre cadáver estaba desollado en las caderas y las pantorrillas, de tanto ser arrastrado por las baldosas de la casa. Los huesos de sus tobillos casi podían verse.
Tumbé una de las tinajas, metí como pude dentro a la mujer. Primero, las piernas, para que la cabeza quedara hacia arriba. Y volviendo a levantar la vasija, la tapé sin sellarla.
En la salida anexa estaban los cilindros de acero inoxidable donde ahora hacemos el aguardiente. Así que arrastré como pude un par de ellos y llené las doce tinajas, como antiguamente se hacía, incluso la que tenía la muchacha dentro. Las tapé y sellé con barro para asegurarme de que ningún curioso metiera mano en alguna de ellas.
En la parte superior de las tinajas había dibujadas, con una punta sobre el barro cocido, unas figuras geométricas simples que antiguamente ponía nuestra familia en todas sus pertenencias, las mismas que llevaban las tinajas. En esas inscripciones, las de la tapa, solo en la tinaja donde dejé a la chica, agregué una cruz. Una cruz de igual tamaño, profundidad y grosor que los triángulos íes griegas y los rombos existentes.
La puertecita de acero, al cerrarse, crujió como la primera vez. Con el mismo gruñido que parecía sentenciarme al infierno, dejando un eco extraño en mí cabeza, que no me dejó dormir y que permanece aún hoy merodeando en mi subconsciente.»
Mariana se estremeció con el relato e intentó seguir leyendo, pero era imposible. Lo siguiente que había escrito estaba en otra página, que no conseguía despegar.
Sabía que en su familia ella era la primera en tener estudios más allá de lo básico. Por ello le sorprendió la narración, porque de eso se trataba, o al menos de eso pretendía convencerse. Sólo era un cuento. Algo que, según supuso, su padre habría escrito muchos años antes pretendiendo ser algo más que un simple campesino, y que había quedado en el olvido hasta que el destino quiso que esa mañana la estantería se desmontara devolviéndolo al mundo real.
Se vio tentada de llamar a su padre para preguntarle por el texto. Pero temió avergonzarlo, ya que, si lo había escondido tan bien, no sería porque le resultara fácil de compartir.