Alguien ha matado a Lucía
Un profesor hundido, una estudiante de arte, una noche que se tuerce y una frase que lo cambia todo: «Alguien ha matado a Lucía».
Un profesor universitario de arte, agotado y deprimido, decide huir a su casa de veraneo en Vietri Sul Mare, un pueblo de la costa amalfitana donde el sol y el Mediterráneo parecen prometerle algo de orden.
Allí conoce a Lucía, una joven estudiante de la escuela de arte del pueblo. La charla casual se convierte en complicidad, y la complicidad en una cercanía que él no esperaba. Poco a poco se ve arrastrado a su círculo, conoce a sus amigos, sus rutinas, sus rarezas, hasta que una noche, después de una desavenencia, acaban consolándose en el interior de un coche.
A la mañana siguiente, una voz lo despierta con una frase que no admite réplica: «Alguien ha matado a Lucía».
A partir de ahí ya no hay refugio posible: la culpa, la sospecha y la violencia empiezan a filtrarse en cada rincón de Vietri Sul Mare, y la pregunta ya no es solo quién ha matado a Lucía, sino qué clase de historia se ha dejado escribir.
—Señorita, por favor, despierte... ¡Joder! ¡Algún sanitario que le dé algo a esta cría, a ver si reacciona!\... ¡Es que necesitan para algo a los sanitarios allí, joder, pero, por favor, aquí tenemos a una chica que no reacciona! ¡Señorita, señorita!\... Abra los ojos, por favor, poco a poco... Así, tranquila, está todo bajo control; de a poquito, siéntese.
—¿Quién es usted? ¿Por qué está en mi habitación?
—Por favor, póngase la ropa, intente despertarse; ha bebido mucho, ¿verdad? Puedo adivinarlo por su... bueno, tranquila, ya llegan los sanitarios. ¿Ha bebido o no?
—No sé, algo. ¿Por qué está en mi habitación? ¿No ve que estoy desnuda? Joder, ¿quién es usted?
—Mi nombre es Fabio; soy policía, el inspector Fabio Lavolpe. ¿No sabe por qué estoy aquí? Ha ocurrido algo y estoy encargado de encontrar a quien lo hizo.
—No me joda con que nos han robado; siempre le digo a Lucía que tiene que echar doble llave, pero doña perfecta va a su bola. Dios, mi cabeza.
Aún estaba hablando cuando entraron otro policía uniformado y una mujer pequeña, que a juzgar por su indumentaria debía ser médico. El policía uniformado interrumpió su marcha y, viendo a la joven sin ropa y tras comprobar de un vistazo a sus espaldas, dio un paso al costado para asegurarse de que interrumpía con su cuerpo la visión del salón del piso. Ocultó la puerta a la vez que le hizo una especie de mueca a Fabio, insinuándole que saliera. La mujer se sentó junto a Nicoleta y la ayudó a vestirse, estirando los segundos mientras el inspector salía sin muchas ganas; entonces, aprovechó para preguntarle:
> ---¿De verdad no has escuchado nada? Yo no soy policía. ¿Quieres > contarme algo? No diré nada de lo que me comentes; el juramento > hipocrático me lo prohíbe. Puedes confiar en mí; además, lo que > realmente me importa es saber si te ha sucedido algo a ti.
Nicoleta la miró con los ojos entrecerrados, en parte por la confusión, en parte por el destello de la luz que comenzaba a entrar por la ventana y en parte por la resaca, que resonaba en su cabeza como un gong oriental.
—¿Nada? ¿No tienes nada que decirme? ¿Han abusado de ti? Puedo ayudarte sin que nadie se entere, no tienes de qué avergonzarte; conmigo puedes estar tranquila... ¿Nada?
—¿Ha tenido algo que ver usted con todo esto? ---preguntó el uniformado cuando Nicoleta aún tenía la cabeza atrapada en la camiseta que estaba poniéndose.
—¿Algo que ver en qué?
El policía dio un paso al costado y, a través de la puerta que daba al salón del piso, vio la espalda del sofá, la punta de la mesa y, colgando de ella, las piernas ensangrentadas de Lucía.
—La puerta de su piso estaba abierta, y alguien que pasó por el pasillo alertó a la policía.
La joven se encontraba acostada boca arriba, con las piernas separadas y colgando desde sus rodillas. La belleza del cuerpo sin vida se manifestaba en su totalidad, puesto que no había ni la más mínima parte de su anatomía que se encontrara oculta. Solo un pequeño surco de sangre que comenzaba a secarse escurría desde su vientre ---donde se encontraba alojada una pequeña barra de hierro oxidada--- hasta la superficie de la mesa. Allí formaba un gran charco y escapaba en dirección al suelo, dejando manchas caprichosas por diferentes zonas y convirtiendo el gres, casi liso, en una pintura posmoderna.
Dos pequeños ojos castaños miraban fijamente al techo, como intentando engullir todo cuanto pudieran, antes de que una mano piadosa los cubriera con un manto de párpados y así descansaran para siempre. Los labios despojados de carmín, que hasta poco antes se atiborraban de besos, estaban entreabiertos en un gesto que hacía adivinar la sutileza del último suspiro, mimetizándose con un grito ahogado que nunca llegó a salir y del que solo las paredes fueron auditorio.
El resto del cuerpo apenas comenzaba a deshumanizarse; la perfección de su piel hacía pensar que estaba hecho de cera. Todo en ella era uniformidad absoluta, desde el tamaño y la disposición de los poros hasta la tonalidad pálida, cuya perfecta continuidad solo se veía alterada por las marcas de los apretones en las muñecas y las axilas, y por unos pocos mordiscos en los pechos y el vientre.
Sobre el sofá había una montañita de ropa perfectamente doblada que acusaba su perfume y su sudor; evidentemente, la había usado el día anterior y se la había quitado con delicadeza. Una botella de vodka de mala calidad descansaba, vacía, en cualquier sitio, y el resto del piso solo mostraba lo que cabía esperar en el de tres estudiantes.
Si no fuera por el hermoso cadáver que estaba tirado sobre la mesa, no habría ojo capaz de imaginar que allí había ocurrido algo horrible; pero, para desgracia de Lucía, así había sido.
Para entonces, Nicoleta había tenido la peor visión de su vida; tal fue su espanto que su inconsciente había ahuyentado la borrachera. En ese momento luchaba contra sus espasmos para controlar la respiración y conseguir no perder el conocimiento, mientras un llanto agudo y desgarrador emergía por su garganta sin ser capaz de encontrar la salida.
Necesitó más de media hora para estar en condiciones de mantenerse en pie por sí sola, y lo primero a lo que atinó fue a llamar por teléfono a Nanni, el novio de Lucía, al que no consiguió contactar. Sin fuerzas para insistir y dudando de la verdadera utilidad de Nanni allí, optó por llamar al profesor Alessandro, que era quien representaba, desde hacía algún tiempo, la figura de estabilidad fraternal entre el grupito de amigos que frecuentaban las dos.
---¡Alessandro, Lucía! ¡Alguien ha matado a Lucía!