La venganza de Sophía
Alguien no ha olvidado lo que ocurrió en Vietri Sul Mare, y está dispuesto a vengarse aunque tenga que sacrificar a una inocente.
Han pasado once años y para muchos aquella historia parece lejana, pero alguien no ha olvidado y pretende consumar su venganza sin importarle lo que tenga que hacer para lograrla, incluso si para ello debe sacrificar a una inocente.
Hay una nueva víctima en Vietri Sul Mare: la venganza de Sophía está en marcha.
Lejos de ser una simple segunda parte, esta novela nos devuelve a la costa amalfitana para desandar el camino que Sophía recorre en su siniestra aventura. No espera salir indemne, y no habrá límites que la condicionen a la hora de conseguir su objetivo.
—Roberto, pasa, pasa... estás en tu casa, o como si lo estuvieras; creo que esto te será algo familiar.
—¡Joder!
—¡A que no te lo esperabas!
—¿Quién ha avisado? ¡Madre mía, no me lo puedo creer!
—Una vecina cotilla, cómo no. Iba por el pasillo, vio la puerta abierta y se asomó; solo por curiosear, dice, pero, por ver si estaba todo fregado, se dio con el chorretón de sangre en el suelo. Así que nos llamó. Cuando entramos, nos encontramos a la cría sobre la mesa.
—Es exactamente igual.
—Si tú lo dices.
La estampa no dejaba lugar a dudas; hubiera o no alguna diferencia, todo era demasiado similar a lo que habían encontrado once años atrás, cuando entraron en el piso de la residencia de universitarios.
Una joven hermosa, de poco más de veinte años, yacía tumbada boca arriba sobre una pequeña mesa en un piso de alquiler. Como aquella vez, estaba completamente desnuda, y una barra de hierro corrugado, típica de las obras, le atravesaba el vientre.
Sus ojos permanecían escrutando un horizonte abatido que quizá solo ella, en su condición de cadáver, podía ver, dado que el techo se planteaba como una evidente barrera para esos pequeños ojos marrones perdidos en la inexistente distancia.
Su cuidadísimo cuerpo no presentaba imperfección alguna; una belleza semejante hubiera manifestado cualquier tipo de moretón o corte de forma más que evidente, al igual que ocurriera once años atrás con el cadáver de aspecto vivo de Lucía.
La joven no tenía ninguna otra alteración, salvo la barra de hierro en el vientre y la discreta línea de sangre que escurría hacia el suelo y formaba un elocuente charco, visible desde cualquier punto de la habitación.
Al igual que aquella vez, una botella de vodka barato se encontraba tirada y vacía en algún rincón del suelo, y la ropa de la joven estaba perfectamente acomodada y doblada sobre el sofá; por lo demás, se diría que era un piso cualquiera, de cualquier estudiante, de cualquier pueblo.
La botella de vodka sacó a Roberto de su somnoliento asombro.
—La amiga\... Tiene que haber una amiga en alguna parte del piso, seguramente en uno de los dormitorios.
Roberto era un técnico del laboratorio forense de la policía de Vietri Sul Mare y había llevado la parte técnica de la investigación del asesinato de Lucía bajo las órdenes del inspector Fabio Lavolpe; algo que, a pesar de su gran aportación al resultado de dicha investigación, no le había ayudado a ascender lo más mínimo del puesto que tenía por aquel entonces.
Por mucho que buscaron y rebuscaron, no hubo rastro de ninguna amiga por ninguna parte, lo que evidenció la primera diferencia con aquel lamentable recuerdo.
En aquella oportunidad, Nicoleta, la amiga de la infancia de Lucía y por entonces compañera de piso y universidad, fue encontrada dormida y borracha en el suelo de su habitación, sin que pudiera recordar nada de lo que había ocurrido, oído o visto a solo un par de metros de ella.
—Inspector Lavolpe, soy Roberto. Creo que tiene que venir a la dirección que acabo de mandarle por mensaje. Ha vuelto a pasar, exactamente igual; han reproducido el asesinato de la chica de la barra de hierro en el vientre, es todo completamente igual.
—No sirve de nada que lo llames; el jefe ya asignó a otro detective.
—Imposible, Lavolpe llevó el otro caso, es el idóneo para llevar este. El jefe no sabrá lo de las similitudes, seg...
—Ya lo sabe y no lo quiere ni cerca; ya ha mandado a la siciliana.
—¿La nueva?\... ¡No me jodas!
La inspectora Ilaria Mascheroni era una joven recién incorporada a la policía de Vietri Sul Mare. Mirando su expediente, tanto académico como de trabajo, nadie imaginaría que correspondía a esa muchacha de poco más de un metro cincuenta, rubia y de aspecto infantil. No parecía una mujer fuerte, pero tampoco pensaría nadie que era una jovencita fácil de doblegar, o que el viento se la llevaría en cuanto se desprendiera de los «zapatotes» vetustos que tenía costumbre de calzar.
No había salido de los labios de Roberto la última letra de su disconformidad cuando la pequeña mujer apareció con su larguísimo pelo anudado de forma irregular y sus ojos de niño inquieto, mirando el contexto e ignorando a los presentes, como si fueran invisibles para ella.
—Inspectora, soy el técnico de laboratorio que llevó un caso similar hace tiempo; es casi exacto a este.
—Tranquilo, lo sé, ese caso lo usé como referencia en mi tesis... Por cierto, me ayudó a argumentar una serie de... ¿Alguien ha buscado a una chica borracha en las habitaciones, o en algún otro sitio?
—Ni el menor rastro, jefa, lo hemos registrado todo.
El primer policía se apresuró a contestar, al tiempo que Roberto no podía contener un gesto de asco por la complacencia de este; mientras, la pequeña mujer, con los ojos aún perdidos entre los rincones, reanudó la palabra:
—¿Que le dieron la vuelta a todo? Esto es un escenario.
—En sentido figurado, jefa, solo revisamos bien en cualquier sitio donde pudiera caber una persona, incluso una muy pequeña.
La joven lo miró disconforme, como si se hubiera sentido aludida en algún tipo de complejo por su propia estatura, pero siguió con su paseíto. Luego se dirigió a Roberto con voz dulce pero firme:
—Asegúrese de que el cadáver no pierda ninguna pista posible ni se contamine; en especial quiero saber si hay alguna huella en ella y en la barra, como la primera vez, y quiero, evidentemente, un test de violación. Ya sabe con quiénes debe comparar las muestras que obtenga.
En el caso de Lucía encontraron huellas en la barra que no pudieron identificar, y muestras de semen de tres hombres a las que tampoco les fue posible atribuir propietario. La investigación, luego de muchos vuelcos y tropiezos, demostró que uno de esos hombres había sido su novio, que se había acostado con ella sin saber que poco antes lo había hecho con un profesor de otra universidad al que había conocido circunstancialmente y del que estaba perdidamente enamorada. La tercera muestra, al igual que las huellas de la barra, era de Franco, un amigo del profesor que, en cuanto el novio salió de la casa, se coló en ella, la violó y la mató, atravesándole el vientre con la barra de hierro.
—La barra, mire aquí, señor Roberto.
—No me llame señor.
—Vale, pero mire, ¿no lo ve? Aquí, justo aquí.
—Lo siento, inspectora, no sé qué quiere que vea.
—Usted hizo el primer peritaje, ¿no se da cuenta de la diferencia?
—No, eh... no, inspectora, dígame usted.
—¿Por qué descartaron a la amiga como sospechosa en el anterior asesinato?
—Porque no tenía fuerza suficiente para clavarle la barra.
—Pero esta barra tiene un golpe, uno muy fuerte, como de un martillo, una piedra o algo así.
—Pero podría ser de antes del asesinato.
—Pero podría no ser... quizá esta vez no la apuñalaron, sino que la clavaron.
—La verdad, no lo creo; de hecho, ni siquiera veo el golpe que dice, inspectora, usted disculpe.
—Puede ser, quizá sea... no lo sé. ¿Alguna otra diferencia?
—Por ahora ninguna, hasta el vodka es de la misma marca. Solo nos falta una chica borracha que nadie encuentra. Incluso la trenza pequeñita y de colorines en el pelo es casi la misma, se repite hasta la cuenta de madera al final. ¿Qué buscaban con esto? Un detalle tan pequeño dice mucho de lo que han querido hacer aquí.
—Esa trenza es muy popular en esta ciudad; usted debería saberlo. Muchas chicas la llevan, la mayoría ni sabe lo que significa. ¡Que alguien encuentre al que mató a la primera chica; lo quiero en mi despacho en media hora!
El grito de la joven retumbó en la sala vacía; hacía varias frases que hablaba sola, ya que los dos únicos policías presentes y Roberto habían salido a fumar. Lo que once años atrás se había convertido en cuestión de minutos en un hervidero de policías, amigos y curiosos, esta vez no era más que una muerte llamativa en una ciudad que había dejado de ser un pueblito para convertirse en un reclamo turístico internacional.