«¡Imagino que estaréis todos en el sepelio!» Nos miramos con complicidad mientras asentíamos sabiendo que no lo haríamos.
«¡Imagino que estaréis todos en el sepelio!» Nos miramos con complicidad mientras asentíamos sabiendo que no lo haríamos.
A partir de ahí, nada termina de ir como debería. En El sepelio del jefe y otros cuentos se reúnen varios relatos en los que la lógica asoma, pero no siempre sobrevive: jefes que quizá merecen algo más que unas flores, decisiones razonables que desembocan en consecuencias ridículas o crueles, y finales que insisten en no comportarse como marca el manual.
Si quieres entrar en el mundo de Marco Brunengo en dosis breves, esta es la puerta: historias cortas, incómodas a ratos, que se leen rápido pero se quedan dando vueltas un buen rato.
Dolores estaba terminando de prepararse el café. Se le había hecho un poco tarde para cumplir con la estricta rutina que se había asignado hacía más de treinta años cuando consiguió asumir con poco esmero la muerte de su marido.
Hacía ya unos meses que ese desfase rutinario ocurría cada vez con más frecuencia. Por momentos, se preguntaba si era producto de la edad o simplemente su cabeza necesitaba un pequeño cambio de hábitos para saber que estaba viva.
Mientras se planteaba estas cosas, maniobraba sus cacharros con destreza de malabarista y disponía una mesa casi ostentosa para una anciana de su edad y su clase social frente a una pequeña televisión, que reproducía una lamentable imagen llena de rayas y que pecaba de ensordecer a todo el vecindario por su volumen siempre al máximo desde el mismo día en que salió de su envoltorio muchos años atrás.
Con el paso lento y milimétricamente calculado, iba de un sitio a otro murmurando, mientras se decía a sí misma las cosas para estar segura de que pensaba lo que creía que estaba pensando.
Cuando se sentó a la mesa juntó las manos, hizo una pequeña oración que vale más por la intención que por lo que dijo, puesto que hasta Dios hubiera necesitado esforzarse para entender sus palabras, y reposó la mirada en la taza. El café con leche humeaba y daba por su sola presencia un contraste acogedor con el frío de la calle, el primer frío de otoño. Tuvo también tiempo para sentir el perfume del tazón humeante y la miel que se escapaba, gota a gota de la tostada, sin que al parecer le importase mucho a Dolores.
Se tomó unos segundos para pensar cuánto iba a disfrutar ese desayuno copiado milimétricamente del de la mañana anterior, y la precedente, la del día que le antecedió y así por años y años. Cuando se dispuso, por fin, a dar el primer sorbo a la taza sonó el timbre.
Se levantó con toda solemnidad, como si fuera parte de un protocolo estudiado, y se acercó a la puerta, pero no la abrió; nunca recibía visitas, no tenía hijos, ni amigas.
Los pocos familiares que le quedaban eran hijos o nietos de sus primos y seguramente no se acordaban de que existiera, o ni siquiera lo habían sabido nunca. Las únicas veces que el timbre sonaba era cuando le traían la compra que había pedido por teléfono al supermercado, como le había enseñado la asistente social en el centro de salud, ya que ni siquiera el cartero se tomaba el trabajo de llamar.
Cuando el timbre sonó por segunda vez abrió la puerta sin preguntar quién era. ¿Qué cosa podía sucederle más grave que seguir inmersa en esa soledad crónica?
Ni viviendo un millón de años hubiera imaginado que, al abrir la puerta, se iba a encontrar con una jovencita de poco menos de veinte años escondida detrás de un inmenso ramo de flores de todas las clases que se pueden comprar y completamente desnuda.
La sorpresa fue demoledora y estaba claro que la joven sufrió el mismo efecto al ver a la anciana abrir la puerta. No obstante, ambas guardaron absoluta compostura disimulando, casi hasta creerlo ellas mismas, que no ocurría nada anormal.
—¿Busca a alguien, señorita? ---preguntó Dolores con voz aguda y pausada. La muchacha necesitó respirar un par de veces para poder contestar, pero inició su diálogo con normalidad, como si no se encontrara evidentemente en una situación incómoda.
—Busco a Juan Miguel. ---La anciana sonrió educadamente y la miró con dulzura materna antes de responder.
—Está claro que no soy yo. ---Y volvió a sonreír esta vez con una pizca de picardía.
—¿Pero tampoco vive aquí?, estoy segura que ésta es la dirección. Es Juan Miguel Gómez, ¿no vive aquí?
La anciana hizo un gesto de resignación, como si deseara de corazón que allí viviera, para ahorrarle a la joven el mal rato.
—¿Pero ésta no es la calle Olivares, el 32 de la calle Olivares?
—Sí, es aquí, aunque Miguel no vive en esta casa.
—¿Y al lado?, a lo mejor he tomado mal el número.
—Lo siento, al lado sólo vive una pareja de viejos, veinte años más jóvenes que yo... Pero ese Juan Miguel no creo que tenga esa edad. Al otro lado viven dos monjitas que, si te han visto, estarán medio muertas en el suelo de su casa. Y, como puedes ver, el resto de la calle está llena de edificios. Si no te han dicho qué piso es, creo que te han gastado una mala broma.
Lo primero que le vino a la cabeza fue la agilidad mental de la anciana, al darse cuenta de que en muchas calles sólo había tres casas, y que, si la dirección que le habían dado no tenía planta ni número, estaba en un aprieto.
No sabía qué hacer, así que, para no parecer desesperada, simplemente no hizo nada. Toleró el frío como un militar bien entrenado y sólo miró con ojos tristes, como si pidiera disculpa a la anciana esperando que cerrara la puerta para salir corriendo y dejar salir el llanto que, cada vez más, le forzaba el cuello para desparramarse a mares por toda la calle.
La anciana la miró con la misma tristeza y decepción que ella, y respiró profundamente, pero no cerró la puerta.
—Tienes frío, ¿verdad?
—Y, un poco, eso creo.
—Mira, estaba por tomar un café con leche y la calefacción de la casa está a tope, mi cuerpo viejecito me lo exige. Si quieres, puedes entrar hasta que recuperes el color de la piel; además, siempre hago café de más. Por fin, después de tantos años, voy a poder decir que no he tirado la mitad, jijiji.
La joven sonrió por primera vez frente a la anciana y, sin decir palabra, entró en la casa, siempre escondida detrás de las flores; pero se quedó parada esperando alguna indicación de la anfitriona.
En pocos segundos, el calor de la salita recordó a las flores su naturaleza y dejando el frío de la calle comenzaron a invadir con su perfume todo el entorno agradeciendo la hospitalidad. Dolores le indicó con un gesto que las dejara en un rincón, acostadas sobre un sofá muy antiguo y bien cuidado, y comenzó a caminar por el pasillo hacia la cocina esperando que la muchacha la acompañase.
—No tengo dónde ponerlas para que tomen un poco de agua, hace medio siglo que en esta casa no entra un ramo de flores ---dijo sin girar siquiera la cabeza hacia la chica, que paseaba su desnudez por el pasillo con la piel casi azul y mirando todo como un chiquillo.
La anciana pensó ofrecerle algo para que se vistiera, pero supuso que una chica joven como ella no se pondría ropa de vieja, que no le quedaría bien porque era más de veinte centímetros más alta, e incluso que le daría asco tener su piel cubierta con ropa de una extraña.
Llegadas a la cocina y sin que la anfitriona se lo indicara, la joven se sentó. La miró con naturalidad estudiada, entonces preguntó.
—¿Cómo te llamas?
—Dolores, pero mi apellido es Linares, no Gómez. ---Y volvió a mirarla con picardía.
Le sirvió una taza de café, le tocó los hombros para asegurarse de que estaba recuperando el calor, se sentó en su silla y dijo.
—Allí tienes miel, queso, mantequilla y esto de aquí no sé qué es, pero me gusta desayunar comiéndolos. Están muy buenos, pero no me digas lo que es, porque si me los ha prohibido el médico tendré que dejarlos.
—Sonrió en complicidad con la joven y retomó la palabra. ---Y tú, ¿cómo te llamas?
—Cecilia\... ¡Por favor! ¡Qué falta me hacía esta taza de café...! Perdone, es que me pudo la emoción, no estoy acostumbrada al frío y mucho menos a este tipo de situaciones.
—Tranquila, Cecilia, me lo puedo imaginar.
Preparó una tostada con mantequilla, queso y mucha miel, y se la dio.
—Esta tostada puede ser la diferencia entre un resfriado o una pulmonía. Come, que más vitaminas no vas a encontrar ni en las lentejas del plato de la reina.
Cecilia la tomó por cortesía, aunque la miel le hacía poca gracia, y comenzó a comerla a bocados pequeños.
—Siento tener que preguntarte esto, pero es casi una obligación: ¿Qué hacías desnuda tocando a mi puerta, y con un ramo de flores de semejante tamaño?
La joven se miró pensando que, en la pregunta, quedaba intrínseco que ya no estaba sin ropa; y detrás de una sonrisa forzada dijo que era fruto de una mala broma de alguien, que seguramente desaparecería para siempre. La anciana, sin decir nada, la miraba esperando detalles, a pesar de que era evidente que no tenía muchas ganas de contar cómo había llegado a esa situación. Entonces, sabiéndose casi obligada por educación a profundizar en su relato, y en gran medida deseando hacerlo para desahogarse, agregó:
—El fin de semana pasado, conocí a un chico en un pub, y medio comenzamos a salir. Yo vivo con una compañera de trabajo y estuvo en mi piso un par de noches. Una de ellas, después de beber mucho, entre otras cosas, se jactaba de ser un tío con salidas excéntricas, incapaz de que le sorprendiera nada, ni ser superado en sus extravagancias. Tanto insistió en su postura que me propuse demostrarle lo contrario, pero todavía insistió más diciendo que yo era incapaz de hacer algo mínimamente osado y me desafió a llegar a su casa completamente desnuda y tocar a la puerta. Como me sentí desautorizada y herida en mi orgullo acepté, y me dio esta dirección, está claro que sólo se burlaba de mí.
El poder de resumen sorprendió a la anciana. Mientras la amenazaba con otra tostada rebosante de miel, se detuvo un segundo mirándola y luego de una risa discreta y casi contenida, le dijo:
—Tan listas que parecéis las jóvenes de ahora y no dejáis de caer en tonterías de lo más absurdas, como si fuerais viejas. Y el orgullo no lleva a ninguna parte; bueno, en realidad sí lleva a situaciones absurdas. ¿Cuántos años tienes?
—Diecinueve... Veinte, casi veinte, los cumplo en tres semanas.
—Bueno, aún te quedan muchas cosas absurdas por hacer en tu vida. Agradece que, al menos en este caso, todo acabó con un café con leche caliente. ---Y volvió a reírse mientras llevaba las tazas al fregadero.
—¿Y usted? ¿Por qué no me cuenta algo de usted?
Se puso de pie, e intentó lavar los cacharros, pero la anciana le cruzó su cuerpecito y ocupó su lugar. En ese momento recordó que no llevaba ropa e intentó taparse, al menos los pechos con disimulo, cruzando los brazos y retrocediendo de frente a la anciana hasta la silla, donde se sentó nuevamente para esconderse detrás de la mesa, procurando ser lo más discreta posible.
—¿Qué puede contarte una vieja como yo que te resulte interesante? Llevo haciendo lo mismo desde hace tantos años que ya no sé cuántos son.
—No sé\... Algo podrá contarme, a qué se dedicaba o por qué vive aquí y no en otro sitio; no sé\...
Nuevamente sonrió y, como si le estuvieran ofreciendo una golosina, se giró para mirarla; hizo una pausa que le inyectó a Cecilia una dosis de ternura y le dijo:
—Yo\..., yo soy viuda, mi marido murió hace ya cuarenta y tres años, dos meses y nueve días. ---Hizo otra pausa para sonreír, esta vez acompañada por la joven y siguió---: No tengo hijos y todos los días preparo un café con leche a las nueve y media.
Volvió a reírse, pero esta vez Cecilia la miró con cierta nostalgia.
—¿No se siente triste al estar sola?
—Sólo en Navidad, no por la Navidad en sí, ni porque nunca reciba una tarjeta a mi nombre. Yo creo en el nacimiento del niño Jesús, pero siempre en Navidad disfrutábamos con mi marido la mejor parte de nuestras vidas, nos íbamos dos semanas solos a las montañas, a una casita que tenemos en Asturias\... Bueno, que tengo, él ya no. ---Y se rio de su propio morbo---. Pero un veinticuatro de diciembre fue a buscar carne para la noche buena. Yo quería comer un cordero asado porque él lo hacía de un modo muy especial, pero en el camino se cayó del caballo\... «a su marido el potro éste lo ha tirado y después le pisó la cabeza, señora», me dijo el policía. «Pero aquí le traigo el cordero que iba a buscar...» ¿Te lo puedes creer?, le pisó la cabeza, pero yo le traje el cordero\... No daba crédito de lo que me decía.
—Cecilia no se atrevió a decir nada y la escrutaba con disimulo, para ver si se descomponía o comenzaba a llorar, pero la anciana tenía bien curada su herida y ya no sufría por ella---. Así que nada de sufrir por haber hecho el ridículo frente a una viejita que no conoces, que ya tendrás tiempo de sufrir por cosas que merezcan más la pena.
Se rieron las dos y comenzaron a hablar, como amigas de toda la vida, del millón de cosas que había vivido Dolores y los cientos que había vivido Cecilia, de sus pesares, sus sueños, sus mundos, sus épocas, hasta que el hambre les advirtió que llevaban mucho tiempo conversando y las sorprendió cogidas de la mano, mirándose casi con afecto a los ojos y llenas por dentro, como saciadas de un algo que no hubieran sido capaces de explicar.
La anciana invitó a comer a su visita, pero tras varios minutos insistiendo sólo consiguió que aceptara llamar por teléfono un taxi.
Cuando se iba, tan desnuda como había llegado, cogió las flores y se las dio a la anciana que, a duras penas, podía con ellas.
—Creo que no van a estar mejor en ningún sitio. Además, nadie se las merece más que usted.
No dijeron ni una palabra más y cuando se escuchó la bocina del taxi ambas sonrieron mirándose con nostalgia. La muchacha salió con soltura caminando hacia la acera y se metió en el coche, mientras el taxista hacía un esfuerzo por no respirar y asimilar la extraña circunstancia de la joven desnuda que se estaba sentando detrás de él.
Se saludaron con un gesto casi invisible y nunca volvieron a verse.
El veinticuatro de diciembre sonó otra vez el timbre de Olivares 32 y un mensajero entregó un inmenso ramo de flores. Tan grande y perfumado como el de aquel día del primer frío de otoño, tenía una tarjeta que sólo decía: «Dolores». Un año más tarde, volvió a sonar, y al otro año y al que le siguió; y así, durante años y años.