Relato corto · Drama

…y detrás del humo la pude ver

Intenté moverme, pero me resultaba tremendamente difícil. Ni siquiera lograba darme cuenta de si lo conseguía o no, aunque era evidente que cualquier intento me exigía un esfuerzo enorme. Mantenía los ojos cerrados, quizá como un mecanismo de autodefensa, aunque todavía no sabía qué me llevaba a hacerlo. Sentía una gran desolación y la ansiedad me golpeaba en el pecho, como si quisiera empujarme el corazón hacia afuera.

Poco a poco fui cobrando conciencia de mi cuerpo y empecé a reconocer el dolor en cada rincón que alcanzaba a percibir. La pierna derecha se impuso sobre el resto de mis miembros y la intensidad del dolor concentrado en ella fue creciendo hasta volverse desesperante.

No conseguía salir del aturdimiento. En mi cabeza solo se proyectaban imágenes inconexas que se deshacían cada vez que una nueva oleada de dolor me adormecía de repente. Luego recuperaba, una vez más, la escasa lucidez que volvía a mí por intervalos, aunque seguía sin poder precisar cuál era realmente la situación.

Un ardor repentino comenzó a extenderse y me arrastró a un estado de ansiedad aún mayor que aquel en el que ya me encontraba, del que no era capaz de huir ni siquiera perdiendo el conocimiento. El ardor recorría mi cuerpo, concentrado en la pierna derecha, y llegaba a dominarlo todo hasta el punto de que ya no parecía estar dentro de mí, sino rodearme por completo.

Por fin pude abrir los ojos y la penumbra había devorado el espacio. Luces esporádicas y veloces, de todos los colores que era capaz de recordar, aparecían y desaparecían, dando a la escena un aspecto estremecedor y dantesco. Las imágenes estaban difusas y me costaba reconocer lo que veía. Lo primero que fui capaz de identificar fue el asiento de mi acompañante. Ya no había nadie en él y, sobre el respaldo, descolocado y ennegrecido, descansaba mi brazo en una posición antinatural, manchado de sangre. Intenté darme la vuelta para ver algo más, pero me resultó imposible; estaba atrapado o incapacitado, y apenas podía respirar y ver.

Me sentía inmerso en una especie de burbuja en cuyas paredes se proyectaba una película tridimensional, de un realismo abrumador y de una espontaneidad ajena al cine. No necesité recuperar por completo el discernimiento para entender la situación: el aterrizaje de emergencia había fracasado.

Quizá no había fracasado del todo. El hecho de que yo siguiera con vida podía ser, en sí mismo, una prueba del éxito de la maniobra. En ningún momento fuimos conscientes de la verdadera gravedad de la situación; por eso, tal vez, que hubiera supervivientes ya era un triunfo.

Asumida mi condición de superviviente, aunque completamente inmóvil, intenté recorrer mentalmente mi cuerpo para averiguar hasta qué punto estaba grave. Con pequeños espasmos controlados, fui sintiendo cada una de sus partes: todas doloridas, todas inmóviles. El extraño ardor que ascendía por la pierna me hizo pensar lo peor y, consciente del riesgo de morir desangrado, temí tenerla amputada y que, al menor movimiento, un grueso chorro de sangre se proyectara a casi un metro de mí y aquella fuera la última imagen que alcanzara a ver.

Poco a poco fui saliendo del aturdimiento y empecé a sentir más dolor. El olor a humo parecía llegar de lejos, aunque era evidente que había fuego y rescoldos allá donde mirase. Los sonidos del entorno comenzaron a superponerse al zumbido que me acompañaba desde el principio y que hasta entonces no había sabido reconocer.

Un grito ininteligible, llegado desde detrás de mí, me sobresaltó y, en cuestión de segundos, me vi rodeado de bomberos que comenzaron a tocarme, a hablarme —aunque yo no entendía lo que decían— y a revisar todo cuanto me rodeaba. Forcejearon varias veces con el asiento delantero, y deduje que era aquello lo que me retenía por la pierna. Entonces alcancé la cumbre del pánico, justo cuando vi llegar a un especialista con una gran cizalla. Me entregué a la inconsciencia y se borró, sabe Dios por cuánto tiempo, un tramo entero de mi vida.

En algún momento volví en mí, aunque tardé un tiempo en recuperar el grado de conciencia en que me hallaba antes del desmayo. Ahora los gritos eran más claros y más numerosos, aunque los más intensos seguían volviéndose incomprensibles, quizá como reacción de mi inconsciente ante todo lo que percibía como una agresión exterior.

En aquel momento ya podía mover el cuello, con gran dificultad y no sin dolor, pero podía hacerlo pese al collarín que me habían colocado. Estaba sujeto a una camilla de chapa anaranjada, tenía algo oprimiéndome el brazo que antes había visto retorcido, y vendas repartidas por gran parte del cuerpo, visibles entre los jirones de ropa empapados de sangre oscura.

No podía verme las piernas, y el tremendo dolor de la derecha me hizo temer que estuviera sufriendo el síndrome del miembro fantasma. Aunque no sabía bien cómo se manifestaba, había oído hablar de él y llegué a convencerme de que eso era lo que me estaba ocurriendo.

No podía incorporarme lo suficiente para salir de dudas y, cuando intenté pedir ayuda para que alguien me lo confirmara, comprendí que no podía hablar. Todo mi esfuerzo por pronunciar una palabra quedaba reducido a mis pensamientos. Quizá el ruido era tan brutal que ahogaba cualquier sonido que yo pudiera emitir; al menos eso quería creer, porque ya me sentía lo bastante mal como para asumir también la posibilidad de haber perdido la voz.

Intenté entonces abarcar las consecuencias del accidente: si era el único vivo, si era el único herido, si seguía realmente en este mundo. Reconocí, pese a no haberlo percibido nunca antes, el olor a carne quemada. También reconocí gritos de gente con la que quizá había cruzado una mirada durante el embarque o la espera. Procuraba mirar todo cuanto podía para mantener la mente ocupada...

...y detrás del humo la pude ver...

No me llamó la atención su belleza; de hecho, entre el humo, el uniforme, el chaleco de seguridad, el pelo recogido bajo un casco y una cinta, no habría sabido decir si era guapa o no. Lo que me atrapó fue su presencia, quizá porque necesitaba una imagen capaz de suavizar, de algún modo, el horror que estaba viviendo.

En medio de su danza saltarina, y mirando con picardía de roedor todo y más, cruzó la mirada con la mía y se acercó. Sonreía, o eso adiviné en las diminutas arrugas de sus ojos, porque la boca y la nariz quedaban ocultas bajo la mascarilla.

Se acuclilló a mi lado y ladeó apenas la cabeza sin apartar sus ojos de los míos, acentuando un gesto maternal y protector. Me echó el pelo hacia atrás mientras decía algo que no fui capaz de entender. En ese momento, un grito contundente la interrumpió, la obligó a dar un salto y a salir corriendo hacia el origen de aquella voz autoritaria.

Con gran esfuerzo, conseguí seguirla con la mirada hasta donde se detuvo. Allí volvió a acuclillarse con la misma gracia frente a otro desgraciado, junto a un médico robusto y calvo que no dejaba de reprenderla. Sin apartar la vista del paciente, le gritaba con malos modos y le hacía notar su descontento con la manera en que trabajaba. La joven no se inmutaba, pero el leve encogimiento de sus hombros delataba la incomodidad que aquella embestida le causaba. Al cabo de unos segundos, él volvió a gritarle, esta vez levantando las manos y gesticulando todavía más.

—¿Lo ves? ¡¿Lo ves?! ¡Eres una inútil! ¿Dónde has estudiado? No puedo trabajar contigo; quítate de en medio. ¡Aléjate! No toques a ninguna otra víctima. Quédate en un rincón y te vas en la próxima ambulancia. ¡Quítate, quítate!

La joven se alejó con movimientos lentos, casi sin llegar a incorporarse, y quedó a pocos metros, mirando de reojo cómo trabajaba el médico mientras otro sanitario acudía a ayudarle en su lugar. Un bombero que pasaba hizo ademán de acercarse a ella, pero la mirada intimidatoria del médico lo detuvo. Aun así, al pasar a su lado, no pudo resistirse a acariciarle la cabeza en un gesto de consuelo. La llevaba ya descubierta: había empezado a llorar y el casco se le había caído al suelo.

Miraba a un lado y a otro, arrodillada en la tierra y sollozando, quizá en silencio, porque el ruido era tan ensordecedor que solo se oía lo que sonaba con verdadera violencia. En uno de esos barridos, sus ojos volvieron a cruzarse con los míos. En sus pupilas se leía un alma deshecha, un desconsuelo nacido de la frustración más honda, como la de un deportista que se prepara toda la vida para una competición y se lesiona en el primer paso. En su cara, manchada por el tizne del humo, se abrían dos surcos por los que descendían lágrimas gordas y espesas que iban a esconderse bajo la mascarilla.

Le hice señas para que se acercara; al menos sufriríamos juntos, cada uno con su dolor. Al principio fingió no darse cuenta de que la llamaba y bajó la mirada hacia sus manos, apretadas entre las piernas con los dedos entrelazados. Pero se repuso enseguida y se acercó hasta donde yo estaba.

—Necesito un favor —le dije, sin saber todavía qué iba a pedirle ni que ya podía hablar.

Me miró con gesto interrogante, tratando de disimular que había estado llorando, aunque con ello lo evidenció todavía más. Ella misma se dio cuenta enseguida y apartó la vista, como si así pudiera borrar el hecho de que yo ya había visto las lágrimas en sus ojos.

—No quisiera morir sin volver a ver una sonrisa. ¿Puedes sonreír, para que me vaya sin asuntos pendientes en esta vida?

Me miró con una ternura casi maternal, se quitó la mascarilla e intentó sonreír, aunque aquella sonrisa salía herida por un dolor profundo que no lograba dominar, pese al esfuerzo visible por conseguirlo. Apartó la vista unos segundos, consciente de que su frustración había resultado demasiado evidente. Después volvió a posar sobre mí sus enormes ojos, hinchados por el humo y las lágrimas, mientras los míos apenas conseguían mantenerse abiertos, y me dijo...

—Lamentablemente, por lo visto, también estoy incapacitada para sonreír, así que tendrás que posponer tu muerte para otro momento, cuando te atienda un médico más cualificado y más completo. De morirse, nada.

Entonces sí dejó escapar una sonrisa sincera, sin que desapareciera el dolor de su mirada. Se acercó un poco más y me preguntó mi nombre. Tratando de poner algo de humor en una situación tan tensa, le pregunté si intentaba ligar conmigo, pero me devolvió a la realidad al explicarme que mi tarjeta de triaje no tenía nombre y que, si volvía a perder la conciencia, sería útil que quedara escrito. En cuanto terminó de decirlo, comprendió la dureza de su respuesta y volvió a apartar la vista. Yo alcé los ojos hacia su pecho y leí la placa de identificación: Dra. Mirna Alarcón.

—¿Qué clase de nombre es Mirna, doctora?

Volvió a mirarme, esta vez con una sonrisa más cálida, y respondió:

—Mi padre lo leyó en un libro y se enamoró del nombre. Al menos, cuando me llaman, no se gira media sala... ya sabes: dices "toma, María" y la mitad de las mujeres se dan la vuelta.

El comentario me hizo gracia, pero en cuanto empecé a reírme, una tos húmeda y dolorosa me interrumpió durante unos segundos eternos. Ella me giró levemente la cabeza y mantuvo la mirada clavada en mí, casi sin respirar, hasta comprobar que yo volvía a hacerlo.

Le comenté mi temor a haber sufrido una amputación, pero me tranquilizó pasándome de nuevo la mano por el pelo y diciéndome que no tenía nada que temer, que lo tenía todo en su sitio; algo roto y magullado, sí, pero todo donde debía estar. Al cruzarse con un asistente uniformado, le robó una manta de la pila que transportaba y me la extendió desde los pies hasta el cuello. Después sacó un tarjetón que llevaba pegado con cinta en el pecho, lo leyó y volvió a colocarlo, esta vez en el collarín.

—¿Sabes? Te llamas 24F.h.35-40 —adivinó mi desconcierto y me lo explicó---. 24F es tu asiento; h, hombre; y 35-40, la edad que calculó el primer sanitario que te atendió. También eres amarillo, y eso es bueno: verde significa que estás bien y casi no te harán caso; rojo, mal asunto; negro... ni preguntes.

—¿Hay muchos heridos?

—Ojalá hubiera más, pero hay suficientes para que esto dure mucho rato. No te pongas nervioso; en cuanto pueda, haré que te evacúen. De todos modos, en cuanto no queden etiquetas rojas, os llevarán a los amarillos.

—¿Hay muchas etiquetas rojas?

—No, pero tampoco hay muchas amarillas, y las verdes ni las hemos usado... Pero eso no es algo de lo que debas preocuparte ahora. Dentro de nada estarás en un hospital, bien cuidado y con la gente que te quiere viendo cómo te recuperas.

—¿Me haces un favor?

—Dime, 24F... —y sonrió por ocurrírsele aquella forma de llamarme.

—¿Me invitas a un café? No sé dónde está mi cartera; si lo supiera, te invitaría yo.

—En cuanto pase un taxi, nos subimos y te llevo al café de un amigo... Hace un café vienés con el que se te curan los huesos.

Me sentí reconfortado por su respuesta, aunque enseguida me distraje pensando en cómo sería mi vida en los días siguientes al accidente, y después en las semanas... y en los meses. Solo fueron unos segundos los que me mantuve introvertido, , pero cuando volví a alzar la mirada, una ambulancia se acercaba hasta donde estábamos. Sin embargo, lejos de lo que yo esperaba, en vez de llevarme a mí, se llevó a la médica, que todavía tenía los ojos hinchados y los surcos de las lágrimas en las mejillas.

Los minutos se sucedieron eternos desde que me quedé solo. De vez en cuando alguien se acercaba, me dedicaba alguna palabra de aliento y prometía que todo terminaría pronto, pero nada cambiaba: gritos, humo, luces, estruendos y oscuridad.

Poco a poco, y precedido por una escalada de dolor y de temblores que parecían de frío extremo, fui notando cómo mi consciencia se disipaba. En la nebulosa de mis ideas volvía a aparecer la joven triste y frustrada que había intentado ayudar a los heridos y a la que habían apartado de su trabajo. Aferrado a esa imagen, fui perdiendo la conciencia hasta sumirme en un pozo oscuro y desconectarme de la realidad.

Un movimiento brusco y desordenado me sobresaltó de repente y, en medio de una confusión total, solo fui capaz de distinguir luces azules y rojas, alternas e irregulares. Una bocanada de aire frío me golpeó, haciéndome estremecer y recordándome que tenía un cuerpo incapaz de moverse, pero sensible a todo cuanto lo rodeaba. Noté que me trasladaban de un sitio a otro en lo que adiviné que era el paso de la ambulancia al interior de un hospital...

—Este tiene mejor aspecto.

—Sí, ha tenido mejor suerte, pero no te fíes: hay que hacerle un escáner completo y radiografías de tórax, pierna derecha y ambos brazos. Presenta dos puntuaciones Glasgow muy distintas; al parecer, antes estaba consciente. Si vuelve en sí, intentad que nos dé sus datos, porque no está identificado. Lo quiero en el quirófano tres dentro de quince minutos. Cuidado con la pierna rota; temo una hemorragia porque la herida está muy próxima a la femoral...

El que hablaba se incorporó y se alejó, mientras la persona que empujaba mi camilla mascullaba entre dientes:

—En el quirófano tres, dentro de quince minutos... ¡Capullo! Si no hubiera periodistas en la puerta, ni lo miraba. Se cree que va a salir en la tele por hacerse el interesante.

—Por lo menos ya se le pasó la borrachera. Hace una hora no había quien lo aguantara —respondió un tercero al que no había visto ni oído hasta entonces.

Me quitaron las mantas y, con gran esfuerzo, los jirones de ropa. Escribieron algo con un rotulador en mi pierna sana, mientras otra persona tiraba al suelo la etiqueta que la médica había colocado en el collarín; y, vestido solo con las vendas y aquel collarín, me introdujeron en un túnel para examinarme de la cabeza a los pies.

La sensación de vulnerabilidad era tremenda. El frío, real o inventado por el dolor, resultaba espantoso. Tenía ganas de pedir auxilio, pero por pudor o por impotencia no podía ni parpadear. Llevaba un llanto escondido bajo la piel que suplicaba al cielo por mi madre, por mi padre, por cualquier cosa que me devolviera una mínima sensación de seguridad, de cariño o de calor.

Cuando me sacaron del túnel, una de las personas comenzó a retirarme de forma violenta y dolorosa las vendas improvisadas del accidente. Otra, enorme y maternal, de manos gruesas y con la fuerza evidente de quien lleva años haciendo aquello, me lavaba con un chorro de agua tibia mientras me decía palabras tranquilizadoras. Una tercera me sujetaba con firmeza un brazo y me inyectaba un líquido que ardía de forma indescriptible, pero que terminó por dejarme inconsciente.

A juzgar por el entorno, las cosas habían cambiado mucho. Estaba en un lugar muy iluminado, tendido sobre una cama impecable, sin manchas ni arrugas. Un perfume, capaz de devolverme el alma y el cuerpo —o lo que quedara de él---, llenaba todo el espacio. Me costaba reconocer cuanto me rodeaba, pero no me costó orientarme. Junto a mi cabeza, apenas girada hacia la derecha, una mesilla abarrotada de flores y tarjetas me daba la bienvenida. Aspiré hondo para llenar los pulmones de aquel perfume que me inspiraba confianza y enseguida reconocí en él a mi madre. De pronto me sentí a salvo. No sabía dónde estaba ni en qué estado me encontraba, pero aquel olor me decía que lo peor ya no podía ser tan terrible.

Me giré en cuanto pude y la vi sentada a mi lado, leyendo un libro y respirando con pausas larguísimas. Cuando advirtió que había despertado, no dijo nada; solo me miró con una dulzura imposible de comparar con ninguna otra. Mientras los ojos se le humedecían, me indicó con un dedo que no intentara hablar ni moverme, dejó el libro, me arropó y se quedó sujetando las sábanas con ambas manos, esperando a recomponer fuerzas para poder hablar conmigo.

La recuperación era lenta. Los huesos rotos sueldan despacio y las cicatrices tardan en cerrarse del todo. Cada día tomaba grandes cantidades de pastillas, soportaba varios pinchazos y sufría cambios de postura forzados e inapelables.

En cuanto les fue posible, comenzaron a desfilar por mi habitación bandadas de abogados que ofrecían indemnizaciones siderales bajo su tutela; políticos y funcionarios interesados en dejarse ver como comprometidos con los supervivientes, aunque poco dispuestos a comprometerse de verdad; y periodistas en busca de cuatro palabras que magnificar para hacer carrera con ellas. También pasaron amigos, conocidos y curiosos, primero en cantidades desproporcionadas y luego cada vez con menos frecuencia, a medida que el tiempo avanzaba.

Cuando ya estuve bastante recuperado, oí a los médicos comentar que mi alta estaba próxima, así que convencí a mi madre, no sin esfuerzo, para que regresara a su pueblo, a doscientos kilómetros de allí, y pudiera retomar sus cosas.

A pesar de ello, hice todo lo posible para retrasar el día del alta. Siguiendo algunos de los malos consejos de tantos abogados que pretendían enriquecerse y ganar notoriedad explotando mi desgracia, conseguí que los médicos no terminaran de certificar que ya podía abandonar el hospital.

Poco menos de dos meses después, mi vida había caído en una monotonía que oscilaba entre la habitación, las salas de fisioterapia y la terraza desde la que podía ver a la gente ir y venir por la calle del hospital. Pero, lejos de resistirme, me dejé sumir por aquella monotonía, sin vocación de superación ni de recuperación.

Al tercer mes me invitaron a participar en un taller de autoayuda, una actividad destinada a distraer a los pacientes depresivos ingresados en el hospital. Yo me negué, y desde entonces las visitas del psiquiatra, que antes se limitaban a una cada dos semanas, comenzaron a hacerse mucho más frecuentes, casi diarias.

Una tarde, aquel mismo psiquiatra me invitó a participar en un simulacro de evacuación del hospital que se iba a realizar en casi todas las plantas. Argumentó que mi estado de salud me lo permitía de sobra y apenas dejó margen para que me opusiera. Viendo que negarme me traería más problemas que tranquilidad, acepté ser evacuado de forma simulada durante la maniobra. El día del simulacro comenzaron a sonar las alarmas y la gente, con un movimiento organizado y casi coreográfico, realizó la evacuación sin la menor alteración. Cuando salió la mayoría, empezaron a movernos a quienes seguíamos en cama. Me sentaron en una silla de ruedas y me llevaron a la planta baja por las escaleras, con golpes secos en cada peldaño, obligándome a pasar un mal rato como no lo había pasado en semanas. Para dar realismo, había personas con heridas simuladas y vendajes ensangrentados que me devolvían recuerdos cercanos y desesperantes, y en algunas plantas habían soltado un humo dulce, con olor a fresas. Finalmente me dejaron en uno de los boxes de urgencias y me recomendaron que no me moviera hasta que nos devolvieran a las habitaciones. La verdad es que resultó bastante frustrante que todo se redujera a bajar hasta urgencias por las escaleras, pero al menos estaría a tiempo para comer sin sobresaltos ni cambios de horario.

Cuando llevaba diez minutos sentado, mirando una pared blanca, escuché que una de las mil voces que gritaban en el pasillo decía:

—Entonces, ¿qué, Mirna...? ¿Has encontrado el expediente?

El nombre retumbó en mi cabeza: Mirna. ¿Cuántas personas con ese nombre podía haber en aquella ciudad? Era una ciudad grande, sí, pero aquel nombre era muy poco común. Me esforcé por girar la silla y asomarme al pasillo desde el box... y detrás del humo la pude ver. Era una joven con el pelo recogido sobre la nuca, una mirada triste pero pícara y los mismos movimientos de roedor que me habían llamado la atención la noche del accidente.

—¿Aún tienes un amigo que hace un café vienés que cura los huesos? Todavía me vendría bien uno.

Se quedó mirándome. Sus ojitos tristes se agrandaron de pronto, la sonrisa se le volvió tan amplia que parecía ajena, y un gesto tímido trató de disimular la emoción que la había sacudido.

—24F... ¿todavía estás aquí? Yo ya te imaginaba esquiando en los Alpes a estas alturas.

—Solo me he quedado porque estaba seguro de que cumplirías tu promesa.

Un médico que estaba con ella le preguntó si me había salvado en el accidente, pero ella respondió con convicción y restándole importancia a la pregunta:

—Qué va. Si no es por 24F, no vuelvo con vida. Me encontró arrodillada, llorando, y me sacó de una pieza.

Volvió a sonreír, giró la cabeza para mirarme y me guiñó un ojo antes de mezclarse con el resto de la gente que seguía en la maniobra. Dos días después, estábamos tomando un café vienés de esos que curan los huesos. Ella no paraba de hablar y de contarme, con detalles hipnóticos, media vida suya, saltando de su infancia a esa misma mañana y regresando otra vez atrás. Hablaba con una ilusión casi infantil, extrañamente atractiva, y yo no podía dejar de pensar en todo lo que me había tocado vivir y en cómo, por algún capricho incomprensible del destino, me encontraba allí, sentado frente a ella, viendo cómo en un segundo mi vida daba un vuelco y cambiaba por completo... una vez más.

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