Relato corto · Aventura y amistad

Juan pata de palo

Lo mejor y lo peor del ser humano se funden en esta historia, crisol de varias historias reales.

Le pedí a Bondú que se detuviera al borde del camino. Los árboles estaban ennegrecidos, con la corteza a jirones y las ramas que daban a la carretera, desnudas. El suelo seguía manchado de tizne en algunos puntos, y aún había trozos del coche esparcidos en el arcén, que solo se diferenciaba de la calzada porque la tierra estaba menos pisada por las ruedas. Habían pasado, por lo menos, tres semanas y todavía seguía suspendido en el ambiente un halo tenebroso y macabro.

Bajé del destartalado Jeep de los años cincuenta y, arrastrando los pies por la desazón que me provocaban la escena y los recuerdos, miré alrededor con nostalgia, como si esperara encontrarlo en algún rincón, con su sonrisa perenne y su falta de temor ante la realidad que nos rodeaba en aquel lugar desde hacía ya muchísimos años. Volví al coche murmurando una oración que pretendía servir de consuelo ante la ansiedad de saber que mi amigo Juan había muerto allí de una forma horrible e injusta.

En realidad, su nombre era Oshino. Había nacido en Japón, en el seno de una familia acaudalada. Su padre era el mayor accionista de una de las grandes multinacionales automovilísticas niponas y tenía participaciones en empresas de todo tipo; de algunas, quizá, ni siquiera era consciente de que existían.

Tenía dos hermanos mayores, ambos ingenieros y licenciados en Ciencias Empresariales, además de varios másteres y doctorados que los señalaban como jóvenes genios de futuro prometedor. Gracias a su estatus social, y con poco menos de treinta años, ambos ostentaban cargos directivos en la multinacional automovilística.

Oshino, con solo dieciséis años por aquel entonces, se negó a estudiar las carreras que su padre había previsto para él. Siempre alternativo y empeñado en transgredir las normas, se presentó ante su padre en una reunión formal, programada con quince días de antelación, para exponerle el proyecto educativo al que pretendía acceder.

Una vez sentado ante la gran mesa del faraónico despacho de su padre, tuvo que esperar, como todo aquel que pretendía reunirse con él, a que terminara con su compromiso anterior. El padre de Oshino consideraba que hacer esperar unos pocos minutos a su interlocutor le confería un aire de importancia; hacerlo esperar más de cinco demostraba irresponsabilidad, y esperar él resultaba inadmisible. Cuando entró, seguido por dos asistentes, venía hablando con uno de ellos como quien da instrucciones de última hora, sin levantar la cabeza ni mirar a su hijo. Avanzó hacia la mesa mientras su interlocutor se detenía. El otro asistente lo acompañó hasta su silla con una libreta abierta y, cuando el gran director se detuvo, comenzó a hablar...

—Oshino, su hijo menor, tiene prevista una reunión con usted para proponerle su plan educativo de futuro.

Asintió con la cabeza y se sentó mientras los asistentes casi se desmaterializaron del despacho sin hacer el menor ruido.

—¿No traes ningún dossier? ¿Cómo pretendes explicarme tu proyecto?

—No es necesario, señor, no lo es. Mi proyecto es muy simple de entender: la semana que viene comenzaré mis estudios para ser payaso y, dentro de un año, empezaré a trabajar en cuanto haya concluido mi formación.

El padre jamás habría imaginado que la respuesta de su hijo menor sería aquella, pero no le sorprendió en absoluto, porque sabía que era su forma de llamar la atención. Pese a que su primer impulso fue lanzarse sobre él y cogerlo por el cuello hasta que entrara en razón o muriera estrangulado, se limitó a mirarlo con serenidad, con aire de superioridad absoluta, y permaneció así durante unos segundos.

—Imagino que hablas en serio y que cuanto más intente disuadirte, más seguro estarás de querer humillarme con una decisión tan absurda, ¿verdad?

—Sí, señor. Está en lo cierto.

Resopló con resignación y, convencido de que aquello no era más que una rabieta de niño maleducado, decidió darle una lección. Le ordenó que se retirara y puso a su disposición lo que consideró necesario para que desperdiciara un año estudiando para ser payaso, aunque, después de esa reunión, estaba convencido de que no lo necesitaba: ya estaba siendo un payaso con su actitud inmadura e irreverente.

Pese a que consideró responsable de semejante absurdo a su esposa, estaba demasiado agotado para recriminarle nada, por lo que ni siquiera se tomó el trabajo de decirle lo que había pasado en la reunión. Por esa razón, esta no supo que su hijo estaba estudiando para ser payaso hasta el día en que su padre se negó a asistir a su graduación y dejó esa responsabilidad en manos de ella y de su secretario, algo que, en el caso de sus hermanos, él había considerado un honor.

Suponiendo que ya había tenido tiempo suficiente para agotar su rabieta infantil, volvió a convocar a Oshino a su despacho, una vez terminados sus estudios, para evaluar su verdadera propuesta formativa. La reunión se convocó un mes antes de que se graduara, pero no estaba prevista hasta pocos días después de la ceremonia.

Oshino, consciente de que, si llegaba tarde, su padre no lo recibiría, se aseguró de no incurrir en su habitual impuntualidad y llegó una hora antes al despacho de los secretarios de su padre.

Cuando este lo recibió, no sin hacerlo esperar los minutos de rigor, Oshino le expuso su proyecto y lo convenció de que, tal como había soñado la noche anterior, aún no había terminado de amargarle los planes.

Lejos de plantearle un plan de estudios, su objetivo era unirse a una ONG para ir de misionero como payaso y alegrar las horas de convalecencia de los niños hospitalizados en países en conflicto. El padre sufrió un ataque de ira como no recordaba haber sufrido en años, pero lo mantuvo absolutamente oculto bajo su mirada inmutable y su traje sin arrugas. No era capaz de reconocer si su alteración se debía a la propuesta en sí o a que sabía que sería imposible disuadirlo. Así que tuvo que admitir que, por primera vez en muchos años, uno de sus planes había fracasado: su intención de hacerle perder un año a su hijo para que entendiera por sí mismo que sus caprichos eran menos importantes que la consecución de objetivos capaces de engrandecer el patrimonio y ensalzar el apellido.

Reconoció, en ese momento, que hacía varios años que no se dejaba dominar por el ímpetu que lo había caracterizado en su juventud y que la energía impulsiva que otrora motivara muchos de sus actos había desaparecido bajo una eficiente coraza que organizaba pormenorizadamente cada aspecto de su vida. No por afán de venganza, sino totalmente cegado por la impotencia, decidió darle una verdadera lección, una de calado profundo, teniendo en cuenta que ya una vez había intentado escarmentarlo como un padre protector y solo había conseguido quedar en ridículo.

Convocó a los directivos nacionales de una ONG que realizaba misiones en países pobres o en hospitales que atendían a personas sin recursos. Aquellas misiones consistían en visitarlos vestidos de payasos, hacerles pequeños regalos, números, canciones y poco más; cosa que, por cierto, es mucho más de lo que algunos niños reciben a lo largo de toda su vida.

El padre de Oshino ofreció una cifra escandalosa a cambio de que se llevaran a su hijo a una misión en un país conflictivo, para que sufriera en sus propias carnes lo que significaba jugar con aquello a lo que pretendía exponerse.

Los directivos de la ONG intentaron por todos los medios disuadirlo de lo que proponía y, luego, explicarle que ellos no tenían misiones en lugares peligrosos; pero la determinación del empresario y la desproporcionada cifra que ofrecía terminaron por convencerlos de que era una oportunidad que no podían dejar pasar y de que ya encontrarían el modo de incorporar al potentado payaso a alguna misión de origen mixto.

Fue así como, al cabo de pocas semanas, Oshino estaba de camino a un país que podría haber sido cualquiera de los que conocemos por las noticias, asolado por el hambre, la desolación y las guerras. Fue precisamente Bondú quien lo recibió y lo llevó a la misión en el mismo Jeep en el que perdió la vida.

La misión consistía simplemente en unos cobertizos de caña y paja en los que unos pocos intentaban asistir a personas necesitadas que convivían con el hambre, la ignorancia y, desde tiempos que ya no eran capaces de recordar, con guerras civiles y tribales entremezcladas de un modo tan ininteligible que, a veces, costaba saber en qué bando estaban o de quién debían protegerse.

En la misión solo había tres personas: dos monjitas mayores y un médico agnóstico, enemigo casi declarado de la religión, que sobrellevaban su convivencia en un incomprensible equilibrio. El médico, al que todos conocían como doctor y cuyo verdadero nombre nadie sabía, era un francés de avanzada edad que existía únicamente para ejercer la medicina. Y ello por dos razones: primero, porque era su vocación inequívoca y, segundo, porque era incapaz de hacer cualquier otra cosa. Si las monjitas no le dieran de comer, asistiría a su infinita clientela hasta morir de inanición, porque no sería capaz de prepararse nada que llevarse a la boca. Tenía, al menos, sesenta y cinco años y hacía malabares mezclando medicina desfasada, sugestión y resignación por la falta de medios.

Las monjitas eran dos Hijas de María Auxiliadora, una española y la otra uruguaya, de cincuenta y nueve y sesenta y tres años. Llevaban tanto tiempo juntas que se habían convertido en un tándem que dependía inequívocamente la una de la otra para funcionar. La mayor se llamaba María y, como casi todas las monjas, tenía un aspecto fornido, movimientos firmes y certeros y una voz contundente y definitiva. Por el contrario, Marta, la uruguaya, era casi esquelética, y sus movimientos, sin ser pausados, apenas podían percibirse. Casi no hablaba y, cuando lo hacía, costaba escucharla; su expresión se mantenía inalterable en cualquier circunstancia, a diferencia de María, que con muy poco adoptaba una mirada intimidatoria y cargada de fuerza, capaz de disuadir de cualquier intención al más osado.

Cuando Oshino llegó, los tres se encontraban en una pequeña salita donde el doctor realizaba su trabajo con gran esfuerzo y con el arte de un malabarista. Procuraba suturar una herida de bala sin anestesia y con un hilo que, seguramente, era de costura, mientras las monjitas sujetaban al paciente, un joven de dieciséis años, a la vez que le recordaban que debía ser fuerte, porque sus hijos lo necesitaban para sobrevivir.

Oshino se detuvo frente a la camilla y no se atrevió a decir nada. El médico interrumpió su trabajo, se quitó de los labios un palo que sostenía y le dijo a la hermana María en un forzado castellano...

—La quinta de infantería al rescate. Hay que joderse con los curas de Roma: nos mandan un chino de doce años para que nos ayude. ¡Hay que joderse!

Para sorpresa de los tres, Oshino le respondió en un español impoluto y de dicción cuidada...

—Japonés. Soy japonés, y no tengo doce años, tengo...

—Bla, bla, bla —lo interrumpió con la completa falta de educación y prepotencia que lo caracterizaban.\ —Cuando lo crean conveniente, puedo empezar a atender a los pacientes.

El médico lo miró de reojo mientras Marta intercambiaba con su compañera una mirada de pena, pero sin decir palabra, como era su costumbre.

—Tú mismo. Detrás de esa puerta tienes a alguien a quien ayudar mientras acabamos con este.\ —¿Me pongo el traje?

—¡Madre de Dios!\... Y te lo dice un agnóstico... ¡Joder, lo que nos mandan! Para que luego insistan en que Dios no nos ha olvidado, ¡joder...! Tú mismo, chinito. Como quieras. Si te quieres vestir de médico, allá tú.

—Payaso. Soy payaso, me visto de payaso y trabajo de payaso.

—¡Virgen Santa! Roma nos manda un payaso. Nos hubieran mandado un cerdo y por lo menos hacíamos una barbacoa.

—Pero el cerdo no habría podido ayudar al paciente —respondió Oshino sin cambiar en absoluto la expresión.

Dejó a un lado de la salita el inmenso bolso en el que traía su equipaje y cruzó la puerta para ocuparse de su primer asistido. Al entrar en el espacio contiguo, se encontró, sobre una mesa en penumbra y en un ambiente espeso, casi irrespirable, a un niño de aproximadamente ocho años, retorciéndose de dolor y apretándose contra el vientre un trapo embebido en sangre y pus.

Oshino se acercó temeroso. El niño no emitía ningún sonido, pero era incapaz de dejar de hacer gestos espantosos que presagiaban que podía quedar inconsciente en cualquier momento. Al verlo más de cerca, pudo distinguir un agujero por encima del ombligo que le llegaba hasta los intestinos y, en medio de una mucosa gelatinosa y de color ámbar, cientos de gusanos amarillos se retorcían casi al mismo ritmo que el niño, manteniendo una danza asimétrica y constante.

Aunque sintió que las fuerzas lo abandonaban y que se caía al suelo sin poder evitarlo, la realidad es que se mantuvo firme y erguido. Y cuando su mente volvió al cuerpo que había abandonado, se acercó a él y, aunque no pudo ayudarlo en nada, le acarició la frente y le susurró cuantas palabras de consuelo fue capaz de recordar en los cinco idiomas que conocía.

Pocos minutos después, fue consciente de que la hermana Marta se encontraba a su espalda, sigilosa, esperando para ayudarlo en cuanto se lo requiriera, pero sin interrumpirlo.

Estuvo allí dos horas y media, hasta que el médico y la hermana María agotaron sus últimos esfuerzos por mantener con vida al joven de la otra salita y se acercaron para intentar ayudar al niño. Oshino hizo caso omiso de la sonrisa irónica del médico y salió encorvado por la puerta, como suspendido en una pausa. Se alejó cien metros y se dejó caer detrás de un árbol de tronco robusto, inmerso en un llanto silencioso y profundo.

Cuando ya no tuvo más fuerzas para seguir llorando en secreto, se incorporó para volver a la misión y tropezó con la presencia de la hermana Marta, que, a pocos pasos, lo esperaba con un vaso de agua turbia y una mirada consoladora.

No le dijo nada, pero aquel silencio bastó para transmitirle su apoyo y acompañarlo hasta el lugar que sería su casa a partir de ese momento. A pesar de las circunstancias de la bienvenida y del presagio negativo del médico, Oshino no tardó en adaptarse al sitio, a su dinámica y a las tareas que se le requerían.

Lejos de lo que había planeado antes de ir a la misión, no se puso el traje de payaso ni una sola vez, y muy pocas veces pudo dedicarse a entretener a los niños. En realidad, su día a día transcurría entre las tareas domésticas que las ancianas tenían más dificultad para realizar y la ayuda al médico en las actividades más repugnantes que requería la consulta; no porque el médico no fuera capaz de hacerlas, sino porque le complacía incordiar al joven recién llegado.

A pesar de su empeño en hacérselo pasar mal, "el doctor" tardó poco en valorar la ayuda de Oshino y su innata capacidad para aprender, que le permitió participar cada vez más activamente en tareas sanitarias como pequeñas curas, suturas, partos y extracciones de muelas. Todo ello sin dejar de cumplir con lo que tácitamente se convirtió en su obligación: limpiar la sangre, recoger los órganos extirpados, sepultar los cadáveres y ahuyentar a las madres en los momentos difíciles.

La rutina de la misión se había convertido en una secuencia de poco menos de veinte horas diarias de trabajo y las restantes, en un sueño vigilante. Vivían temerosos de las incursiones de las guerrillas tribales o del ejército del Estado central, que lo mismo llegaban a la misión a pedir ayuda que a robar víveres y niños para reclutarlos.

La sintonía de sobresaltos se había convertido casi en una secuencia armónica en la que todo parecía formar parte de un libreto y nada era suficiente para sorprenderlos. Bondú enseñó a Oshino a entenderse con los lugareños en los dialectos más habituales, que eran, por cierto, bastante similares entre sí. De ese modo, fue ganándose la confianza de la gente, que dejó de verlo como un ser extraterrestre y pasó a considerarlo un recurso necesario dentro de la estructura social.

Aunque parecían preparados para soportar cualquier calamidad sin dejarse sorprender, llegó el día en que el armónico funcionamiento de la misión se vio alterado. Sin que nadie sospechara nada ni viera en ella deterioro alguno que pudiera presagiarlo, la hermana María sufrió un infarto. La oportuna ayuda de su compañera, en ausencia del médico y de Oshino, que se encontraban en una tribu cercana, le salvó la vida, y la omnipresente mano de Bondú permitió llevarla a la ciudad, a siete horas en Jeep de la misión, para que fuera atendida.

De inmediato, el médico lo organizó todo para devolverla a su Andalucía natal, donde podría ser tratada y dedicarse a una actividad más compatible con su estado y con su vida dedicada a los demás. A pesar de la debilidad provocada por la indisposición, la hermana María seguía siendo la más fuerte en muchos miles de kilómetros a la redonda y se negó rotundamente a abandonar la misión. Nadie la contradijo; todos se limitaron a evitar la discusión, a sabiendas de que, mientras estuviera ingresada en el precario hospital, no podría contrariar sus planes.

Para mayor desgracia, la ausencia de María dinamitó las fuerzas de Marta y, en pocos días, también su fortaleza anímica. El médico, que llevaba en el país más de treinta años, se sentía incapaz de mediar en Europa para que la congregación a la que pertenecían las forzara a repatriarse y, mucho menos, para que enviara a otras personas que las reemplazaran. En las noches siguientes, pudo vislumbrar el final de su obra: la zozobra de Marta, el retorno a su patria del "chino rico", como le gustaba llamarlo, y su propia muerte por falta de contacto con gente que hablara en cristiano.

Fue entonces cuando Oshino, por primera vez, demostró una grandeza inesperada y tomó la iniciativa de llamar a su casa. Se puso en contacto con su padre para pedirle que intercediera y que, a golpe de talonario, pusiera las cosas en su sitio. El padre de Oshino, al escuchar la petición de su hijo, quedó terriblemente decepcionado, ya que había supuesto que lo llamaba para pedirle que lo devolviera a casa y lo mantuviera bajo el amparo de sus infinitos millones de billetes.

Iracundo, se negó a atender su petición e ignoró todas las llamadas y telegramas de su hijo. A pesar de ello, Oshino no se dejó vencer y, sabiendo que su madre no contradiría a su padre, ni siquiera por él, contactó con su hermano para pedirle que hiciera lo posible por disuadir u obligar a las monjas a viajar a Europa y conseguir que la congregación enviara a otras para reemplazarlas. Puestos a pedir, pidió también que le enviara material médico y libros con los que pudiera estudiar asistencia sanitaria al nivel que la misión le exigía.

Su hermano, que era un buen hombre y muy listo, aunque siempre andaba escaso de tiempo, hizo gala de su estirpe familiar y, derrochando pragmatismo, ofreció el dinero que fuera necesario para poner en marcha de inmediato el plan de Oshino.

Los miembros del equipo directivo de la misión tenían por costumbre no dejarse dirigir por personas con poder económico, ya que era suyo, y solo suyo, el conocimiento de la mejor administración de los recursos logísticos disponibles. A pesar de ello, la cantidad de ceros del talón que recibieron por dicha "atención" les fue suficiente para replantearse la posibilidad de hacer una excepción, amparándose en todo lo que podrían hacer gracias a aquella "desinteresada" ayuda.

Antes de que fueran conscientes de los cambios, la hermana María había sido trasladada a un hospital de Málaga y habían convencido a la hermana Marta de que la mejor manera de demostrar su entrega vocacional era ayudar a su amiga de tantos años. En su lugar, llegaron a la misión otras cinco mujeres con un entusiasmo excesivo, una ilusión aún mayor y una experiencia que dejaba mucho que desear.

Solo una de ellas tenía experiencia en misiones y, desde entonces, era la responsable de hacerse cargo de aquel sitio abandonado, de la gente que había en él y de las cuatro jóvenes recién ordenadas que la habían acompañado.

Miriam, la nueva directora, era licenciada en Teología y había participado en varias misiones en Asia y América, principalmente en Mongolia, donde había vivido cosas terribles que nadie era capaz de asimilar cuando ella las relataba. Con treinta y cinco años, había tenido en sus manos más vidas y muertes de las que la mayoría de la gente podría ver en televisión a lo largo de toda su vida. Era una persona sonriente, fuerte de espíritu y de una inteligencia admirable y difícil de ocultar. Al igual que la hermana María, era malagueña y estaba segura de que, como su conciudadana, dejaría hasta su último esfuerzo en ese trozo de tierra.

Mercedes, otra de las recién llegadas, era también española: manchega de nacimiento y con una completa falta de experiencia bien compensada por su entusiasmo y su constante disposición para trabajar. Vanessa era italiana, de Loppiano. Era la más joven del grupo y tenía un aspecto enjuto y pálido que hacía recordar a la hermana Marta, a quien todos esperaban ver regresar de un momento a otro, aunque yo sabía que eso nunca ocurriría.

La cuarta hermana se llamaba Sofía. Era de origen griego, de Pikermi, y, a pesar de proceder de una familia ortodoxa, se había incorporado al noviciado casi como una broma y acabó encontrando su vocación. Tenía un aspecto rollizo y levemente picaresco; era muy inquieta y necesitaba estar viendo cosas nuevas en todo momento, como si el tiempo se le acabara.

A la última apenas llegaron a conocerla. Había nacido en Londres, aunque se había criado en las Orcadas, Escocia, lo que hizo que la bautizaran automáticamente como "la Vikinga", a pesar de que su aspecto no cuadraba en absoluto con el tópico.

El mismo día en que llegaron, se organizó en una de las casetas un sitio para que pudieran dormir todas, improvisando catres de cañas desnudas, a los que les llevó varios meses acostumbrarse. Antes de dormir por primera vez, una de las mil recomendaciones que recibieron fue llenar de arena las botas para que no se colaran alimañas.

Todas obedecieron la consigna menos la londinense, que se negó a desayunar con los pies sucios. Por eso, al día siguiente, revisó con cierto escepticismo y poco esmero el interior de sus botas y se las calzó sin percatarse de que dentro de una de ellas había una serpiente de coral.

Estos reptiles son muy pacíficos y no muerden a no ser que se sientan en una situación extrema. Además, tienen un problema anatómico por el que, a diferencia de otros ofidios, no pueden abrir mucho la boca; de modo que, sumado a su pequeño tamaño, solo pueden morder objetivos pequeños, por ejemplo un dedo... su dedo.

Como contrapartida a sus dificultades ofensivas está el hecho de que solo las cobras tienen un veneno más letal y rápido. Ante la urgencia del acontecimiento, el médico se acercó con su parsimonia de ser sobrenatural, miró de lejos el pequeño dedo, que aún no había comenzado a inflamarse y del que colgaba una escuálida gota de sangre del orificio provocado por el único colmillo que la serpiente había conseguido clavarle. Luego, mirando con el rabillo del ojo al animalito decapitado que colgaba de la mano de la hermana Miriam, hizo un gesto de resignación no muy convincente y, a media lengua, dio a entender que no había nada que hacer.

Todos se quedaron boquiabiertos y comenzaron a increpar al médico y a pedir la intervención de Oshino, como si supusieran que podía hacer algo para interceder por la víctima. El médico explicó que el veneno de aquel animal mataba en solo un par de horas, que el hospital más cercano estaba a muchas horas de camino y que, además, allí no había antídoto suficiente ni específico para ese tipo de mordeduras. Por tanto, hacer algo era simplemente una pérdida de tiempo y gasolina; que la refrescaran para las fiebres que le vendrían y le pusieran un palo en la boca o un paño mojado anudado para soportar mejor el dolor.

Las monjitas no salían de su asombro por la parsimonia del médico y, especialmente, la mordida, que no dejaba de llorar con desesperación porque aún se sentía bien y le estaban diciendo que inevitablemente moriría en un par de horas. Sor Mercedes tuvo un arranque de autoritarismo, muy arraigado en su familia, pero que había aprendido a controlar con una destreza sorprendente, y se plantó frente al médico para increparlo.

—Si está condenada o no, lo decidirá el Señor, no un borracho con aires de omnipotencia. ¡Vuelve ahora mismo con mi compañera y la asiste, esté de acuerdo o no!

El médico soltó una carcajada que intentó contener por el respeto que le provocaba verse enfrentado por alguien, cosa que no pasaba desde hacía décadas, y, a pasitos cortos, siguió el camino hacia su consulta, donde, según dijo a su paso, tenía enfermos esperando a los que sí podía salvar y no iba a dejar morir por una «chupacirios desobediente».

Sor Mercedes insistió, pero no hubo modo de que el médico dejara de avanzar a paso lento hacia su consulta. Entonces, en una actitud que nadie esperaba, lo cogió por los hombros, le metió la mano en el bolsillo del pantalón y le quitó las llaves del jeep, a la vez que decía que ella misma salvaría a su amiga.

Contrariamente a lo previsible, el médico se mantuvo impasible y se limitó a pedirle tabaco y algo de alcohol a su regreso, eso si regresaba.

La enferma estaba recostada en la caja del Jeep, a la que llegó casi de un salto, antes de que se disipara la última sílaba pronunciada por el galeno, y Sor Mercedes, con los ojos brillantes por la bronca y la impotencia, no atinaba a subirse de una vez al vehículo, al tiempo que el resto de las monjitas eran reagrupadas por su coordinadora en medio de oraciones, llantos y susurros. Para cuando la inexperta manchega llegó frente al Jeep, ya se encontraba Oshino sentado al volante, esperando las llaves y con más nerviosismo que decisión.

—Yo conduzco, tú no conoces el camino.

—Yo iré de todos modos.

—No es buena idea, pero aquí ninguna idea es buena, no estará mal tener un poco de ayuda.

—Sí, para enterrar el cadáver —acotó de lejos el médico.

El jeep desapareció en la espesura y en él no se escuchó ni una palabra hasta pasados, al menos, quince minutos. La situación era incómoda y ninguno de los tres sabía cómo iniciar algún tipo de conversación; de hecho, era posible que no hubieran hablado nunca entre ellos.

Mercedes, intentando quitarse de encima la vergüenza que sentía por la actitud que había tenido momentos atrás, preguntó:

—No, en realidad hoy tiene un buen día.

Fue una broma que ninguno premió siquiera con una sonrisa. Siguieron mirando al frente y manteniendo vivo el silencio incómodo.

Pasada media hora desde que habían salido, notaron que a la joven mordida comenzaban a aparecerle manchas muy notorias y que su semblante acusaba un aspecto cada vez peor. Aunque había mostrado gestos de dolor desde un principio, ahora parecían más profundos, si bien daba la sensación de no poder ponerlos de manifiesto. Mercedes volvió a tomar la palabra.

—Crees que se salvará, ¿verdad?

—En absoluto. Ese hombre prepotente nunca se equivoca.

—Solo Dios es infinitamente perfecto; él es solo un hombre.

—En ese caso, se equivocará cuando nadie lo ve, porque hasta ahora, desde que estoy aquí, siempre ha tenido razón en todo lo que ha dicho.

—Pues esta será la primera vez. Mi amiga no se morirá.

Definitivamente, ni aquella era su amiga, ya que no se habían visto hasta la noche anterior, ni tenía razón en su predicción, pues al cabo de poco tiempo, que se disipó velozmente gracias a la conversación que comenzó en ese momento, la joven dejó de respirar sin que lo notaran.

Cuando llevaban al menos tres horas de camino, el cansancio comenzó a restar precisión a las maniobras de Oshino, y Mercedes le propuso cambiar de asiento y aprovechar el parón para refrescar a la joven que llevaban detrás. Cuando se volvieron, la encontraron no solo muerta, sino también llena de ampollas de un líquido blancuzco e hinchada por el calor, que castigaba sin reparo bajo el sol en su cenit.

Se miraron como un matrimonio que no necesita hablar para entenderse y se sentaron con resignación en el jeep. Aunque aún estaban muy lejos del pueblo, consideraron inconveniente sepultar a la joven inglesa en la misión, por lo que siguieron la marcha para dejarla en el seminario y aprovechar para pedir nuevamente al hermano de Oshino las medicinas que no habían llegado y algunos libros con los que pudiera estudiar cómo asistir a enfermos y heridos.

Oshino no había vuelto al pueblo desde su llegada y, con el nerviosismo que tenía entonces, no recordaba nada de él. Cuando llegaron, todo le pareció extraño. La constante referencia al pueblo en la misión como un lugar mejor lo había llevado a idealizarlo y, aunque su inconsciente no lo asociara con la imagen de Tokio, al menos esperaba encontrarse con una capital donde las calles estuvieran abarrotadas de comercios con escaparates cuidados y coches circulando a toda velocidad por las avenidas. En lugar de ello, solo encontró puestos ambulantes, calles de tierra, hombres armados y gente pidiendo limosna a diestra y siniestra.

Un americano con una chaqueta blanca, descuidada y sucia, y de aspecto sospechoso, se les acercó haciendo caso omiso de ambas monjas, la viva y la muerta, y preguntó su nombre a Oshino.

—Juan —respondió Mercedes, interrumpiendo y cruzándose frente al extraño.

El hombre la miró con cierto desprecio, pero era temeroso de las oligarquías y de los mercenarios internacionales y, al ver el aspecto cuidado de la monja, supuso que no era una misionera. Entonces se alejó, comprobando que no lo siguieran.

—¿Juan? Me llamo Oshino.

—Nadie recuerda un nombre como Oshino. Además, no es cristiano. Juan es más fácil y menos profano; te será más útil en la misión.

—Eres un poco radical en tus puntos de vista, ¿verdad?

—Tu afirmación es una contradicción en sí misma: no se puede ser un poco radical. Radical se es o no se es.

—Si te callas, te compro un caramelo.

Mercedes lo miró casi con ira, pero recordó a su compañera y consideró mejor preocuparse por ella. Le sorprendió que a nadie le llamara la atención el cadáver en el jeep, a la vista de todo el mundo. Con el tiempo supo reconocer que, en el lugar donde se encontraba, todos estaban acostumbrados a ver cadáveres en las aceras, en los arcenes, en las casas y, por qué no, en los coches.

Una vez en el seminario, que no era más que una casona antigua y muy grande, cuya decoración estaba marcada por pintadas a favor de facciones paramilitares y agujeros de bala, Oshino escribió una carta a su hermano para recordarle su petición. Después, recogieron los pocos recursos para el viaje que pudieron darles, volvieron al jeep y se dispusieron a partir.

—Juan, no has cargado gasolina; no llegarán a ningún sitio con el depósito vacío —dijo un seminarista de origen togolés.

—Oshino. Me llamo Oshino...

—Lo que tú digas, Juan, pero, con ese nombre, el día que te mueras no te enterrarán porque no sabrán cómo escribirlo.

Miró al seminarista de origen togolés con cierta disconformidad y, tras una pausa espesa, preguntó:

—¿Y por qué Juan?

—¿Y por qué no?

—Conque Juan, ¿eh? —bromeó Mercedes, mientras intentaba sin éxito levantar la garrafa de gasolina hasta el sitio que había ocupado, hasta pocos minutos antes, su compañera.

Oshino condujo sin interrupciones hasta la misión. Las horas se le hicieron cortas al amparo de una conversación que comenzó tensa y se fue relajando hasta convertirse en una amistad que solo necesitó unas horas para arraigar profundamente en ambos y que sería puntal de buenos y malos momentos en la misión durante el tiempo que les quedaba por delante.

Con el poco don de gentes que tenía el médico y el desconocimiento de las hermanitas sobre todo cuanto las rodeaba en la misión, todo pareció hacerse de nuevo. Todo lo que no estaba estrictamente relacionado con la atención sanitaria quedó huérfano por completo, por lo que, salvo cuando Oshino intervenía, se transformó a gusto de Miriam, que no tardó en demostrar por qué había sido escogida para esa labor.

Al cabo de algunos meses, llegó un camión antiquísimo lleno de cajas de madera. Por delante lo escoltaba un jeep del ejército y, por detrás, tres motos de paramilitares de diferentes grupos étnicos. El hermano de Oshino no había olvidado enviar las provisiones médicas la primera vez, sino que estas habían sido interceptadas y robadas. Como buen hombre de negocios, encontró la solución sobornando en diferente medida a los posibles implicados que ejercían mayor fuerza, de modo que se aseguró de que el segundo envío llegara a buen término.

Para entonces, nadie conocía a Oshino por su nombre, ya que todos en la misión se referían a él como Juan. Por eso costó convencer a los soldados y paramilitares de que entregaran el cargamento al joven, pues estaban amenazados de muerte si no lo recibía quien debía recibirlo.

La llegada del cargamento fue como una fiesta espontánea. Las cajas repletas de antibióticos y apósitos fueron recibidas como un premio del cielo, y no hubo nadie en la misión ni en los alrededores que no se acercara a colaborar o, al menos, a mirar. Muchas de las cosas que recibieron eran completamente inútiles, y otras muchas ya estaban deterioradas antes de llegar; pero, donde no hay nada, por poco que se reciba, todo se convierte en un tesoro. Una de las cajas contenía una gran cantidad de libros de medicina y enfermería, de los cuales solo unos pocos podían resultar útiles, aunque Oshino no dejó de leer hasta la última coma de cada uno de ellos.

El precario centro asistencial se convirtió en un pequeño hospital de campaña, y el antiguo camión, en una consulta rodante que adaptaron para visitar las tribus cercanas. De este modo, no era necesario desplazar a los enfermos en muchos casos, y podían acceder a niños o ancianos a quienes normalmente no llevaban a la misión para ser curados si no estaban graves.

Oshino, Juan para entonces, aprendió vertiginosamente todo lo necesario para asistir a aquella pobre gente y, en tándem con el médico y dos de las hermanitas, rentabilizaba cada salida a las aldeas no solo para curar males, sino también para enseñar a los lugareños a lavarse, alimentarse y rezar. Con el tiempo y la buena voluntad de la gente, el grupo que se movía desde la misión llegó a contar con dos hombres que enseñaban a cultivar la tierra y a cuidar el ganado, tres mujeres que ayudaban a cortar el pelo y las uñas a los niños, un carpintero que remendaba cuanto podía de las casas de los menos capaces y un grupo de niños que los seguía sin razón aparente, de manera incomprensible, adondequiera que fueran.

Lo que más le costaba a Juan era levantarse por las mañanas a una hora en la que aún quedara alguien durmiendo. Daba igual a qué hora se levantase: siempre era el último. Al principio lo tomaba con cierto nerviosismo y se sentía irresponsable, pero acabó comprendiendo que era algo contra lo que no podía luchar. Por el contrario, el médico parecía no dormir nunca: lo buscara a la hora que lo buscara, siempre lo encontraba atendiendo a alguien. Como todo en la misión era una prueba de adaptación, cada vez que tenían que salir a alguna aldea vecina, uno de los hijos del carpintero se metía en su habitación, por llamarla de algún modo, y se aseguraba de que no diera muchas vueltas para que no los retrasara. En el peor de los casos, conseguía ser tan insoportable que era más fácil luchar contra el sueño que contra el crío.

Un año más tarde, Miriam insistía, como todos los meses en sus cartas al obispado, en la necesidad de que hubiera un cura en la misión; Juan peleaba consigo mismo para poder despertarse; las otras tres misioneras preparaban algo de comer antes de comenzar las clases de los niños, y el médico atendía de mal humor, gruñendo en varios idiomas simultáneamente, cuando un grupo paramilitar entró en la misión. Avanzaron sin evitar embestir nada, ni objetos ni personas, y se llevaron por delante la vida de dos jóvenes embarazadas que fueron incapaces de reaccionar al envite. Los arcaicos carros de combate y las camionetas hicieron el mayor daño posible para asegurarse de no dar lugar a que nadie se enfrentara a ellos, y se situaron frente al comedor, que solo tenía unos pocos meses y era poco más que una chabola techada con hojas de plátano.

—La causa necesita alimentos, nos llevamos todo lo que hay aquí.

Sofía, que ya no era tan rolliza como un año atrás, cuando llegó, pero aún no había perdido del todo el aspecto de una niña grande y rechoncha, se plantó frente a ellos con un bebé en brazos y los increpó, advirtiéndoles de que, si era necesario, moriría defendiendo a sus niños. Pero uno de los paramilitares cogió al bebé por un brazo y a ella por la garganta, los tiró a ambos al suelo y comenzó a arrancarle la ropa a tirones, mientras le daba golpes y la insultaba en su dialecto.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, el médico se acercó como quien camina por el salón de su casa y, con voz pausada pero firme, advirtió al agresor de que estaba cometiendo un error irreparable.

La frialdad del médico y la reputación que lo precedía provocaron que nadie se interpusiera: ni misioneros, ni nativos, ni paramilitares. El hombre, ajustándose el cinturón del pantalón lleno de balas, más por una cuestión de imagen que por verdadera utilidad, se quedó mirándolo con desprecio hasta que una orden de alguien que parecía ser la autoridad del comando le indicó que retrocediera.

A todo esto le siguió un diálogo ininteligible que, por los gestos de ambos, el médico y el jefe, todos dedujeron que era una negociación. Tras un instante de silencio reflexivo, el médico volvió a su consulta, de la que salió con su manta de dormir en una mano y su petaca de whisky, que siempre estaba llena y nadie sabía cómo, en la otra. Se acercó a Oshino y, poniéndole la petaca en la mano, le dijo:

—Ahora eres el médico.

Luego se acercó a Miriam y, dándole una caricia en la mejilla que desconcertó a todo el mundo, susurró, casi con nostalgia:

—Cuida de mis niños hasta que vuelva.

Se subió al Pathfinder en el que estaba el jefe y, de inmediato, todos se alejaron sin dar explicaciones ni advertencias.

Oshino se quedó en el mismo sitio, sin moverse, hasta que anocheció. Al menos dieciséis horas estuvo parado allí, con la petaca en la mano, sin mover ni un músculo. Miriam corrió adonde se encontraba Sofía, que lloraba y sangraba sin dejar de proteger al niño con su propio cuerpo. Los recogió de algún modo que nadie acertó a comprender y se los llevó a la consulta para curar las heridas que sus cuerpos y sus almas mostraban sin pudor. Vanessa procuró demostrar que estaba a la altura de las circunstancias e intentó organizar un poco el alboroto, tranquilizar a los niños y seguir con el desayuno, que, para muchos, era la única comida del día, pero no pudo evitar que todo fuera un concierto de lágrimas en el que ella dirigía el ritmo del llanto; un llanto que la persiguió durante semanas. Mercedes, desde lejos, estuvo mirando sin participar en nada, inmutable, quieta y aterrorizada. Cuando los vehículos se fueron, siguió al menos media hora mirando a su amigo Juan y luego se retiró a su habitación, sin ser capaz de hacer nada útil. Nadie sabe si se retiró a rezar, a llorar o, simplemente, a esperar a que se le pasara el estado de shock; pero lo cierto es que, hasta el día siguiente, no estuvo para nadie.

El carpintero, sus dos hijos varones y uno de los hombres que enseñaban a los lugareños a cuidar del ganado se apresuraron a enterrar los cadáveres de las mujeres embarazadas. Luego se convirtieron en misioneros improvisados para ayudar a las tres monjitas, que trabajaban para volver a ponerlo todo en orden.

A pesar de la extravagancia del médico sin nombre, de su empedernida oposición a todo lo religioso y de su hermética forma de trabajar, en el obispado tenían muy buen concepto de él. Por eso, su desaparición, y más aún en semejantes circunstancias, se hizo sentir contundentemente en la curia y en la dirección de las misiones. Solo tres semanas más tarde, en un Jeep tan vetusto como el que ya tenía la misión, llegué para hacerme cargo de todo.

Mi nombre es Julio. Soy un cura salesiano de un país de Sudamérica; da igual de cuál. En un trabajo monopolizado por europeos, ver a un cura latino es muy poco habitual y despierta la curiosidad de la mayoría de la gente. Todos preguntan dos veces por mi nacionalidad: la primera creen haberla entendido mal.

Con cincuenta y pocos años y varias misiones a cuestas, llegué con una sonrisa, pocos kilos y una barba espesa y blanca que desconcertaba a todos. Las zapatillas de yute, la camiseta descolorida y los tejanos gastados convencían a todo el mundo de que era un mendigo extraviado, y no un sacerdote. Pero yo soy así: como decía mi amigo Juan Pata de Palo, un loco a mi modo.

Miriam, que había firmado decenas de cartas y elevado innumerables oraciones pidiendo la asistencia de un sacerdote para la misión, creyó estar sufriendo una alucinación cuando me vio aparecer. Habíamos coincidido durante un breve periodo en una misión cerca de Cuzco, Perú, y un par de veces en distintos cursos en Granada y Roma.

Se vio tentada de correr hacia mí y abrazarme como una novia que recupera a su amante después de la guerra. Había sufrido mucho por la necesidad de que hubiera un director en la misión, y ver una cara conocida era como recibir un regalo de las mismas manos de un ser celestial. Pero Miriam era una persona que estaba por encima de las emociones, incluso de las suyas propias, así que se acercó en silencio y solo permitió que de su boca saliera la palabra "gracias". Apretó mis manos como quien contiene un llanto infinito y dio un paso atrás, mirando las caras de desconcierto de todos los demás que no entendían nada.

La primera impresión que se llevaron todos de mí al bajar del Jeep fue que, probablemente, yo sería un mercader o un mercenario. Pero, al ver la actitud de Miriam, nadie se atrevió a decir nada al respecto.

Miriam se acomodó el pelo, como si acabara de descubrir que no llevaba velo, aunque hacía más de un año que no lo usaba. Luego, con voz solemne, habló en alto: primero en español, después en una lengua local y, por último, en portugués.

—Queridos míos y del Señor, os presento al padre Julio. No sé qué hace en estas tierras olvidadas por el mundo, pero sé que es capaz de hacer mucho por todos nosotros. Así que os invito a darle la bienvenida: nuestras oraciones han sido escuchadas. Gracias, Señor, gracias.

La gente se abalanzó sobre mí, empezando por los niños, que parecían trepar por mi cuerpo en busca de mi cuello. Era algo a lo que ya estaba acostumbrado y, aunque mi aspecto era frágil, estaba preparado para eso y para mucho más. Sobre todo, porque aquel gesto era la mejor cosecha que podía recogerse en un entorno tan hostil.

Poco a poco, el carpintero me fue presentando a todos, ya que Miriam se retiró de inmediato a preparar algo de comer. Bondú, que así se llamaba, me llevó de la mano mientras me mostraba cada rincón de la misión. Todavía hoy me parece que, a pesar de los años y las circunstancias, sigue llevándome de un sitio a otro, apretándome la mano con sus dedos huesudos y curtidos a cada paso que doy.

A Oshino me lo presentó como si fuese el doctor y, aunque yo conocía su pequeña historia, preferí asumir que así era, porque, en definitiva, con título o sin él, ese era el papel que desempeñaba, y lo hacía muy bien.

El tiempo siguió su curso y la misión fue creciendo con mucho esfuerzo y no sin sobresaltos. La inestabilidad política y militar era tangible en el ambiente, y el hambre llevaba a las personas a verse acorraladas y a tomar medidas cada vez más desesperadas.

Una noche, mientras dormía tras un día muy atareado, sentí cómo el calor espeso del ambiente se transformaba en una masa gélida y opresiva. El viento se detuvo y ni los animales se atrevieron a interrumpir el silencio que se había formado de pronto. En un instante, un estrépito resonó a lo lejos y un crujido ahogado por el eco invadió la misión. Entonces, una lluvia de gotas enormes se dejó caer completamente vertical, y todo quedó empapado en cuestión de segundos, al mismo tiempo que algunas zonas comenzaban a anegarse.

A los pocos minutos, algunas personas de una aldea cercana llegaron pidiendo ayuda a gritos. El río había desbordado su cauce y se estaba llevando las casas y a su gente.

Los de la misión salimos a toda velocidad hacia la aldea, esperando encontrar una escena menos grave de lo que nos habían relatado. Al llegar, vimos cómo la furia de la naturaleza se desataba sobre aquella gente tan castigada desde siempre y, aquel día, sumida en el colmo de las desgracias.

La mayoría de las casitas habían sido arrastradas por el agua con su gente dentro. Solo unas pocas eran capaces de soportar la fuerza de las aguas a su paso. Las únicas que se mantenían a salvo estaban sobre una loma adonde el agua no había llegado, pero también ellas estaban rodeadas, con el río subiendo a toda velocidad.

Como pudimos, comenzamos a rescatar con palos y cuerdas a la gente que se había refugiado en los árboles o que luchaba por salir de los remansos junto a la corriente, atrapados en la voracidad del río.

Entre los gritos distinguimos los de tres de las hijas de Bondú. Él se encontraba trabajando en una aldea situada a varios kilómetros, junto a sus dos hijos varones, y su familia estaba en casa cuando el río la embistió. Su mujer y la hija pequeña fueron arrastradas por el agua, mientras las otras tres niñas, de tres, nueve y doce años, permanecían abrazadas a un árbol que poco a poco empezaba a ceder ante la corriente.

Oshino se ató una cuerda a la cintura, sujetó el otro extremo a una piedra y se lanzó al río unos metros más arriba de donde estaban las niñas. El agua lo arrastró hacia ellas. La fuerza era muy superior a lo que esperaba y, a duras penas, logró evitar hundirse y ahogarse él también. Respiró unos segundos, escupió una gran cantidad de agua tratando de recuperar el aliento, mientras sentía cómo el árbol al que se sujetaban los cuatro se desplazaba poco a poco a merced del río.

No hubo tiempo para más. Sujetó como pudo a las niñas y se soltó, confiando en que la fuerza del agua los llevara hacia la orilla y en que la cuerda, al tensarse río abajo, los sacara del cauce. Pero no contaba con las ramas, los animales y las rocas que la corriente arrastraba consigo. Le impactaron de lleno una y otra vez, hasta hacerle perder a una de las niñas y, en el intento de rescatarla, por poco perdió también a las otras dos.

Cuando parecía que sus fuerzas se rendían, sintió, con alivio de mártir, que el agua ya no lo empujaba río abajo. Estaba a pocos metros de la orilla, en una zona donde la corriente no conseguía arrastrarlos, protegido por un saliente de la explanada. Desde tierra firme, los lugareños y las monjitas acercaron ramas para que las niñas y Oshino se sujetaran y, poco a poco, lograron ponerlos a salvo.

Cuando intentaba salir del agua, ya agotado, sintió una fuerza tremenda que lo obligaba a volver. La corriente lo sumergió hasta que la cuerda lo retuvo y lo zarandeó con violencia, dejándolo destrozado. En ese momento creyó que había llegado su fin y, sin fuerzas para seguir luchando, se dejó vencer.

Desde la orilla, tiramos de la cuerda, peleando contra aquello que lo retenía. Al cabo de pocos segundos, la cola de un cocodrilo enorme emergió del lugar desde donde intentábamos recuperar a nuestro amigo y, después de retorcerse un par de veces sobre su barriga, sentimos que Oshino quedaba liberado. Su cuerpo volvió a nosotros con vida, pero sin la pierna derecha, que, como en la novela de James Matthew Barrie, había sido devorada por el cocodrilo.

La amputación fue limpia y, de no ser por la rapidez con que sor Miriam le practicó un torniquete, se habría desangrado en pocos minutos, o incluso segundos. A pesar de la asistencia, había perdido mucha sangre y, salvo aquellos que comenzaban a verlo como una especie de deidad, casi todos estábamos convencidos de que no sobreviviría.

Lo que siguió a ese espantoso momento fue muy duro. Por una parte, llevar a Oshino al pueblo e ingresarlo para intentar salvarlo supuso un golpe durísimo para los recursos de la misión. Por otra, reconstruir el caserío, buscar a los desaparecidos y enterrar a los muertos fue una verdadera prueba de integridad moral, que puso al límite nuestra fe y nuestros espíritus.

No faltaron momentos de flaqueza; no faltaron instantes en que veíamos cómo la situación nos superaba y nos pasaba por encima; no faltó la lluvia sobre mojado. Y, en medio de la dureza de las circunstancias, debíamos resistir también los envites del ejército y de la guerrilla. Pero, como siempre ocurre en estos sitios, el corazón acaba sacando recursos de donde no los hay y, con mayor o menor éxito, salimos adelante y seguimos con nuestra obra.

Desde la base logística en Roma contactaron con la familia de Oshino y, por mediación de su padre, hicieron llegar los recursos necesarios al pequeño hospital para que lo atendieran y consiguieran salvarlo.

Al cabo de dos meses, Oshino salió del estado crítico en el que había caído de camino al pueblo y, pocas semanas después, recobró la consciencia. A su lado estaban su hermano mayor, Mercedes y Bondú, que no se había separado de él ni siquiera para llorar la pérdida de su esposa y de sus dos hijas. Permanecía allí como agradecimiento por haber arriesgado la vida para salvar a sus tres niñas, de las que había conseguido rescatar a dos.

También María, la hija mayor de Bondú y una de las dos niñas rescatadas, se encontraba en el hospital desde el mismo día de la riada, haciendo guardia a su lado. Llevaba ese nombre en honor a la anciana misionera que, para entonces, seguía en un convento de Málaga.

Al recobrar el conocimiento, tuvo unas horas de confusión, pero la lucidez volvió a la mente de Oshino con suma celeridad. Su hermano lo apretó en un abrazo como nunca antes lo había abrazado y estuvo tentado de llorar, pero su férrea educación consiguió doblegar el sentimiento y ocultarlo bajo la coraza de hombre de negocios que su padre le había construido.

—¡Oshino, no te preocupes! Todo va a salir bien —dijo en japonés y luego en español, por respeto a los presentes.

Mercedes sentía cómo la respiración se le entrecortaba al ver que el joven parecía ser otra vez aquella persona vivaz que, durante muchas noches, creyó perdida. Bondú, acostumbrado al dolor, solo convivía con la situación, aunque no podía disimular su satisfacción al ver cómo le ganaban aquella partida a la muerte. Por su parte, la jovencísima María se limitaba a ser una espectadora silenciosa, asimilando todo lo que ocurría como quien asiste a una clase en la que se enseña cómo vivir.

—Padre ha enviado un helicóptero que nos llevará a un aeropuerto cercano para repatriarte en cuanto tu salud te lo permita —comentó el hermano de Oshino, pretendiendo aliviar el corazón del misionero---. Te ha comprado una prótesis impresionante: tiene articulaciones y parece una pierna de verdad —añadió, mostrándole una caja donde, presumiblemente, estaba la pierna protésica---. Además, ha puesto a sus mejores ingenieros a desarrollar una pierna robótica. La electrónica ha avanzado mucho en los últimos años; te sorprendería ver las cosas que logran nuestros investigadores en los laboratorios.

—Pero yo no puedo irme y dejar a esta gente muriéndose aquí —respondió Oshino, casi sin fuerzas, cruzando fugazmente la mirada con Mercedes.

—No hables, hermanito. Estás muy confuso por la situación. Ya verás cómo, cuando estemos en Tokio, te recuperarás y volverás a ser el de siempre.

—Yo no quiero ser el de siempre; quiero ser el de ahora, rodeado de esta gente que me necesita y que me...

—¿Y que te qué? Has estado a nada de morir. De hecho, no habrías sobrevivido si padre no te hubiera enviado los médicos y el quirófano desde Japón para salvarte. Deja de decir tonterías: ya se te han agotado las posibilidades de demostrar tu estupidez. Te vienes conmigo y no se hable más.

El tono imperativo y el volumen elevado permitieron a los presentes intuir el sentido del diálogo, ya que, al alterarse, el hermano de Oshino dejó de lado la deferencia de hablar en español. Bondú dio un paso hacia el nipón con clara intención de cogerlo por el cuello, pero Mercedes lo retuvo por un brazo y fue ella quien se interpuso entre el enfermo y su hermano.

—Mucho me temo que estamos todos nerviosos por la situación. Será conveniente que celebremos que Oshino ha vuelto en sí y nos retiremos a descansar; seguramente María será una buena compañía para que el enfermo repose un poco.

—¿Ha vuelto en sí, dice, señora? ¿No ha escuchado las tonterías que dice? ¿Quién puede querer quedarse en un sitio como este a que se lo coman los cocodrilos solo por intentar socorrer a estos muertos de hambre, que no quieren progresar y viven tirados bajo un árbol esperando a que los alimentemos desde el primer mundo?

—Me parece que se ha excedido, señor. Tendré que recomendarle que se retire a descansar y medite un poco. No puede obligar a una persona con una vocación tan fuerte a reprimirla y a ser quien no es.

—Antes que nada, ninguna mujer va a decirme lo que debo hacer. Y después, mi hermano se irá conmigo, quiera usted o no, quiera él o no, lo quiera el primate vestido o no.

Aún no había terminado la frase cuando Bondú se le lanzó encima, lo cogió por el cuello y, levantándolo en el aire, lo sacó hasta la calle. Allí lo arrojó sobre la calzada polvorienta y comenzó a increparlo en su dialecto natal, mientras el japonés se limitaba a intentar recobrar la respiración.

No volvió a entrar en el edificio hasta que se hizo de noche, cuando se aseguró de que Bondú estaba dormido en el jeep. Entonces se acercó a la habitación donde estaba su hermano y le dio un ultimátum.

—Oshino, o te vienes conmigo o te olvidas de tu familia para siempre. He hablado con padre hace unos minutos y dice que, si no vuelves conmigo antes del fin de semana, puedes olvidarte de nuestra existencia; en adelante, no querrá darte ni el apellido.

—En ese caso, dirígete a mí como Juan, porque con esa actitud no quiero ni el nombre. Ahora soy Juan; Oshino ya no existe.

—Veo que he perdido el tiempo absurdamente. No te mereces lo que he hecho por ti. Vuelvo a Tokio. Ahora entiendo por qué padre considera que eres el único fracaso de su vida. Quédate con la prótesis, a ver si alguno de estos simios sabe qué hacer con ella.

Cuando se volvió, María lo observaba con una mirada violenta, casi iracunda. Aunque no entendía lo que habían hablado, comprendía que aquella había sido una despedida desagradable.

Oshino se dejó vencer por un sueño derrotado y, al despertar casi un día después, encontró a su lado a Bondú, María y Mercedes. Todos estaban ya al corriente de lo sucedido gracias a uno de los médicos llegados de Tokio, que había escuchado la discusión y advirtió de la situación a la monja antes de marcharse definitivamente.

María, con una sonrisa cómplice, le acercó a Oshino la caja de la prótesis y comentó...

—Al menos, tenemos el pie mágico. Alguno de los médicos sabrá qué hacer con él.\ —No lo necesito. Debe de haber muchos amputados por las minas en este hospital; que se lo pongan a otro. Juan se levantará, aunque sea con un solo pie, para volver con vosotros y seguir con nuestro trabajo.

En ese preciso instante, Bondú se retiró y, al cabo de tres meses de vigilia en el hospital, regresó a la misión, visitó sin llorar la tumba de sus muertos, arropó a sus hijos y volvió a su carpintería.

Antes de que se cumpliera otro mes, Juan estaba de vuelta en la misión. Yo mismo lo recogí en el hospital y lo llevé junto a Mercedes y María, que, casi en volandas, lo ayudaron a bajar en medio de toda la gente que salió a recibirlo.

Su regreso fue un verdadero acontecimiento. Desde varias aldeas se acercaron al saber que Juan volvería. Algunos incluso debieron caminar un día entero para recibirlo, pero el momento era glorioso y nadie quiso perdérselo. Por primera vez desde que Oshino llegó, sus disfraces de payaso, aquellos que jamás se puso, pasearon por toda la misión en los cuerpecitos de algunos niños que, por ocurrencia de Sofía, lo esperaban disfrazados y representando una coreografía rudimentaria y divertida.

Ese día fue una fiesta. Es posible que muchas de las personas que se encontraban allí no pudieran recordar un momento más feliz en su vida.

Cuando la noche se apoderó de la misión y el cansancio hizo mella en todos, Bondú y María se acercaron a Oshino. Estaba sentado bajo el mismo árbol en el que había llorado el día de su llegada, conversando con Mercedes y recordando con serenidad los días transcurridos desde que se conocían.

Bondú dijo que traía dos ofrendas para su amigo, al que le debía la vida de sus hijas, y, con un respeto casi ajeno a él, avanzó hacia los misioneros con la cabeza baja.

—Lo más importante que debo ofrecerte es solo un pequeño acto de justicia. He traído a María para que te la quedes en propiedad. Has salvado a dos de mis hijas y yo te entrego a la mayor en agradecimiento; al ser mayor, te será más útil.

Oshino quedó completamente desconcertado por la ofrenda. Consideraba a Bondú como a un igual y no podía comprender el abismo cultural que los separaba en ese momento, cuando su amigo le ofrecía a su hija y se negaba rotundamente a aceptar una negativa.

A pesar de la postura inflexible de los dos hombres, ambos infinitamente agradecidos al otro, pero incapaces de replantearse su posición, Mercedes hizo ver a Oshino que no solo ofendía a su amigo Bondú, sino también a María. Unos pasos por detrás, la muchacha veía entre lágrimas cómo era rechazada de forma tajante una y otra vez.

En resumen, la niña, casi una joven en ese entorno, ya vivía prácticamente en la misión, y su situación poco cambiaría si él aceptaba tenerla con ellos. Oshino no estuvo convencido ni un minuto, pero, confiando en el criterio de Mercedes y sometiendo la decisión a la sabiduría de Miriam, terminó por acceder.

Por último, no sin antes advertirle de que su segundo obsequio era mucho menos importante y que de este sí podía renegar, le entregó una pierna tallada en madera de olivo, con zunchos de cuero para que pudiera sujetársela al muñón.

—No soy un experto en esto, ni es la pierna mágica de Japón, pero alguna vez ya había hecho una por encargo, y con esta me he esforzado para que sea la mejor que he sido capaz de hacer. Hasta tiene tu nombre, por si alguien la encuentra alguna por ahí.

Con los ojos llenos de lágrimas, Oshino se lanzó a los brazos de su amigo y lo retuvo en un abrazo largo y sentido durante varios minutos. Luego se sentó, desenvolvió la pierna que estaba dentro de un trapo viejo y dejó a la vista una escultura exquisita, nacida del corazón de Bondú. En letras claras y profundas, en español, que era el único idioma no aborigen que Bondú era capaz de hablar, estaba inscrito: "JUAN".

Se la ajustó y, no sin dificultad, se puso en pie. Anduvo hasta los cobertizos, donde mostró a todos su nueva joya. En cuanto Bondú desapareció, se la quitó en medio de un dolor horroroso que tuvo que disimular durante varios meses, hasta que se acostumbró a ella; un dolor que soportaba con el orgullo de sentirse querido.

Poco a poco, la vida fue recobrando su ritmo. La situación social se endurecía día a día y los enfrentamientos entre militares y guerrilla se tornaban cada vez más sangrientos. Para mayor angustia del pueblo, las diferencias étnicas afloraban con más fuerza y unas tribus se levantaban con mayor virulencia contra sus vecinos; una situación potenciada por la miseria y la falta de toda clase de asistencia.

La misión se volvió fundamental, ya que era la única vía de acceso a cualquier recurso sanitario. Si siempre había sido difícil llegar al hospital del pueblo, con el tiempo acabó siendo imposible: nadie podía recorrer el camino y llegar con vida. Al que no lo mataba la enfermedad que lo empujaba a ir al hospital, lo mataban los ladrones, la guerrilla o los animales.

Por entonces, los países del primer mundo comenzaron a presionar para que el gobierno abandonara su régimen dictatorial y diera paso a una estructura democrática. Sin embargo, después de muchos bombardeos, fusilamientos y nuevos enfrentamientos, terminaron por derrocar al dictador. Luego se retiraron, dejando tras de sí una lucha por el poder aún mayor entre las mayorías étnicas, acosadas por el terrorismo de las minorías.

Una mañana, un emisario de la ciudad llegó a la misión con una noticia devastadora: el seminario y el noviciado habían sido bombardeados por una facción contraria al gobierno provisional, y no había quedado piedra sobre piedra. Solo se habían salvado unos pocos novicios, que se encontraban realizando un trabajo pastoral en localidades aledañas. Habían quedado en la calle y sin guía.

La curia requirió que, de manera inmediata, siendo yo el único sacerdote vivo en muchos kilómetros a la redonda, me personara en las ruinas del seminario para comenzar la reconstrucción, al menos de manera simbólica, hasta que llegaran desde Europa nuevos recursos. Recursos que aún sigo esperando.

Aunque la situación de la misión seguía requiriendo mi trabajo, era mi responsabilidad cumplir con el mandato de mis superiores. Por eso, tras organizar algunas cosas, delegar otras y prever visitas con cierta frecuencia, partí en dirección a la ciudad, adonde no llegué hasta un mes más tarde por culpa de los bloqueos en las carreteras, impuestos por las fuerzas militares leales al gobierno provisional.

El primer año visité la misión con regularidad, al menos una vez al mes. Gracias a la colaboración del ejército, podía trasladarme hasta allí y compartir unos días de duro trabajo y fraternidad entre amigos. Sin embargo, con la escalada de violencia y el aumento de responsabilidades en la reconstrucción del seminario, las visitas fueron espaciándose cada vez más.

Cuando llevaba ya tres años en la ciudad, la situación social llegó a un punto insostenible. Me fue imposible viajar a la misión, y la única comunicación que teníamos con ella llegaba mediante comentarios extraoficiales de las fuerzas armadas, que estaban en todas partes: a veces sitiaban un territorio y, a los pocos días, huían derrotadas al paso de otra facción.

Por aquel entonces, un coronel de las fuerzas opositoras llegó al seminario y pidió ponerse en contacto conmigo. Al encontrarnos en la salita que hacía las veces de capilla, oficina, comedor y dormitorio, se puso de pie y, con un respeto impropio de un militar hacia un civil, me pidió que le permitiera entregarme un mensaje.

El corpulento moreno parecía una esfinge a la que no me atrevía a acercarme por temor a sentirme diminuto. Al darle mi consentimiento, más con temor que con curiosidad, me informó de que, hacía unos meses, había sido gravemente herido, abandonado en la selva y dado por muerto. La oportuna aparición de Bondú lo puso en manos de Juan, quien lo asistió y le salvó la vida. Como acto de gratitud, había jurado a su salvador hacerle el favor de asegurarse de que yo pudiera ir a verlo, ya que necesitaba decirme algo de suma importancia.

Mis sentimientos se entremezclaron de forma caótica: me hacía una ilusión inmensa poder volver a ver a mis amigos, pero la forma en que Juan me requería me preocupaba. Eso, sin contar con que no me inspiraban ninguna confianza ni el militar ni su extraña forma de actuar, y temía que se tratara tan solo de un modo de secuestrarme a la vista de todos y sin que opusiera resistencia. En cualquier caso, si Oshino me necesitaba, no podía desoír su llamada, así que me puse en marcha rumbo a la misión. Cuando llegué, todo era alegría a pesar del hambre y el sufrimiento de una isla abandonada en medio de la selva. La ilusión y la felicidad innata de la gente eclipsaban cualquier manifestación de horror que cupiera esperar. Hasta Sofía, sin dejar de ser esa persona inquieta y revoltosa, resultaba difícil de reconocer: su aspecto rollizo había desaparecido por completo, y un montón de huesos vestidos me recibió cuando vino a abrazarme.

Esa noche hubo cena de gala en medio de la mayor de las pobrezas, pero con tal ambiente que nadie echó en falta comidas ni bebidas especiales. Cuando todo hubo terminado, Juan se acercó a mí con cara de circunstancias, secundado por Mercedes, que, un par de pasos atrás, esperaba y lo animaba a hablar conmigo...

—¿Qué? ¿Así que Juan Pata de Palo ahora también manda sobre los militares\...? —le dije medio en broma, para romper el hielo.

Él, con media sonrisa torcida, bajó la mirada y comenzó a hablar, soltando un discurso que, era evidente, había ensayado mentalmente mil veces...

—Julito, mira, tengo que decirte algo importante. Yo sé que no soy creyente y que soy la persona que más transgrede las normas... —miró hacia atrás y, ante el gesto de Mercedes para que prosiguiera, interrumpió su pausa---. Bueno... eso, que yo no cumplo siempre las normas y, la verdad, me importan poco. Pero sí me importa la lealtad a los amigos, y, como hay algo que sé que para ti es muy importante, me veo en la obligación de contártelo... No pido tu bendición, aunque tu comprensión sería un gran alivio para mi carga.

Al ver detrás a Mercedes con cara de complicidad y percibir el pesar en sus palabras, creí adivinar de qué se trataba...

—Llevamos mucho tiempo en la misión, y uno comienza a querer a la gente de otras maneras. Sé que algunas relaciones no están muy bien vistas, pero estamos hechos para acabar emparejándonos y teniendo hijos, y bueno... Tanto tiempo aquí, como te iba diciendo... Eh... Estoy viviendo en pareja desde hace ya algún tiempo, y hace dos meses tuvimos un niño. Espero que sepas abrir tu gran corazón de amigo y nos comprendas, aunque lo que hemos hecho no sea lo más adecuado.

Lo miré, primero con desconcierto, luego con dulzura, y levanté la mirada hacia Mercedes, que, sin apartar los ojos del suelo, sostenía en su rostro un gesto de espera, deseando que llegara de una vez el momento de mi opinión. Volví a sonreír, abracé sin decir nada a mi amigo y lo besé con sentimiento en la frente.

—Tienes mi comprensión y mi bendición, amigo. Tú eres una persona inmensa y mereces ser querido.

Entonces su aspecto cambió y en su cara se dibujó una sonrisa con un deje de culpabilidad y vergüenza, expresión que se repetía en Mercedes, la monjita manchega que tanto había compartido con Oshino. Dirigiéndome a ella por su nombre y sin atreverme a anteponerle el título de hermana, le pregunté:

—Mercedes, ¿y dónde tenéis al niño?

—En el... Para, para, para, ¿no pensarás que...? Espera, no, no, no. Aquí faltan por aclarar aún algunas cosas más: Juan tiene un hijo con María, la hija de Bondú. Eso está claro, ¿verdad?

La verdad es que no estaba claro, al menos para mí hasta ese momento, pero, aunque creía tener una opinión abierta y un juicio muy comprensivo, debo reconocer que fue un alivio saber que no era Mercedes quien estaba viviendo con Oshino. En ese momento todo fueron risas y bromas tontas, y la situación tensa dio paso a una hermosa noche en la que no faltaron muestras de afecto en todas las direcciones.

Cuando llegó la hora de volver, el coronel me esperó fuera de la misión. María y Juan me hicieron un regalo que jamás podrán robarme: su hijo había sido bautizado por la hermana Miriam el mismo día de su nacimiento y le habían puesto por nombre Julio, mi nombre. Como anécdota simpática, al no tener apellido la madre, ya que no era habitual en su tribu, y al haber sido desheredado Oshino incluso del apellido, no tenían ninguno para el bebé, algo requerido en un bautizo católico. Por eso lo bautizaron como «Julio Pata de Palo», y la oficiante dijo, a modo de prólogo: «De tal palo, tal chichón». Aunque no venía a cuento, fue un modo de hacerme presente, ya que era una frase que yo siempre repetía.

Esa fue la última vez que vi a Oshino. Su último abrazo me oprime en este momento el pecho, como si lo tuviera colgado del cuello, pidiéndome que vuelva.

Al cabo de algunos meses, las cosas se pusieron aún más duras. Las milicias alternativas, al no poder derrocar al gobierno interino, comenzaron a sitiar las aldeas y a culpar al ejército de las consecuencias del asedio, con la intención de que las instituciones internacionales presionaran para forzar su abandono del poder. Pero el gobierno estaba enquistado, y ni la ONU, ni los reclamos de Unicef, ni las tímidas y poco interesadas incursiones de la OTAN surtieron efecto alguno en la situación política del país. Por ello, los aislamientos comenzaron a durar mucho más de lo que las aldeas eran capaces de soportar, y la gente moría por centenares cada día, por hambre o por enfermedades absurdas que no tenían modo de tratarse. En el caso de la misión, esta soportó mejor la situación gracias a las plantaciones y al ganado de los misioneros, que otras aldeas no tenían y que, aunque producían algo menos de lo necesario, al menos les daban una alternativa. En cualquier caso, esa situación molestó a los paramilitares, que envenenaron el único río al que tenían acceso, provocando una completa catástrofe.

Oshino fue incapaz de darse por vencido y, aunque todos opinaban que la situación no podía durar mucho más tiempo, ya que antes o después intervendrían eficazmente las fuerzas internacionales, él estaba convencido de que no llegarían a tiempo para salvarlos.

Una tarde, agobiado por la situación y al ver la resignación de Miriam frente a un grupo de cadáveres que estaban enterrando a toda prisa para evitar infecciones, decidió ir a la ciudad a buscar medicamentos y alimentos. Cogió el jeep y se puso en marcha sin advertir a nadie, pero Bondú lo interceptó y le planteó...

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—Creo que deberías pensar mejor lo que estás a punto de hacer. Sabes que es un suicidio.\ —No puedo seguir viendo cómo muere nuestra gente sin hacer nada.

—Haces muchas cosas que la gente necesita que sigas haciendo. Si te vas, te matarán y solo habrás empeorado la situación.

—Si me voy, al menos tenemos una esperanza; si me quedo, estamos condenados a una agonía que no estoy dispuesto a sufrir ni a permitir que nuestra gente sufra.

—Al menos, saluda a tu mujer y a tu hijo antes de irte. Será la última vez que te vean.

Oshino se sintió incómodo por el comentario y, haciendo caso omiso, aceleró todo lo que el vehículo le permitió y se perdió en la espesura.

Tal y como esperaba, los paramilitares le permitieron pasar, y de ese modo llegó a la ciudad, donde la escasez también se hacía sentir. Al menos pudo recoger algunos alimentos y, sobre todo, medicamentos, que cargó en el jeep. Sin esperar siquiera mi regreso de una visita que había ido a hacer, razón por la que no me encontró en el seminario, retornó a la misión.

Cuando volvía, en este mismo sitio, los paramilitares lo esperaban con una mina en medio del camino, que activaron a su paso, poniendo fin a la vida de uno de los hombres más grandes que he conocido.

Juan Pata de Palo no tuvo la oportunidad de ver cómo, pocos meses después, el gobierno y las fuerzas de oposición llegaron a un acuerdo de paz solo por intereses económicos de ambos bandos, no por piedad hacia su pueblo. Pero, al menos, aquello les dio una oportunidad de vivir. Mal, pero de vivir.

Lo primero que hicieron en la misión, al saber que el sitio había concluido, fue venir a la ciudad a buscar nuestra ayuda. Miriam, infinitamente fuerte, siguió adelante en la mayor de las precariedades. Vanessa y Mercedes no pudieron sobrevivir durante el aislamiento, y Sofía, a pesar de su aspecto enfermizo, es la única ayuda extranjera con la que Miriam cuenta, sumada a la fidelidad infinita de María y del gran Bondú.

Bondú me lleva hoy entre cadáveres y rescoldos a un sitio que parece tomado por la desgracia y la desolación, pero que sigue y seguirá luchando por ser un lugar en el mundo. Y algún día lo será, porque siempre habrá gente como Juan Pata de Palo para pelear por aquellos que realmente lo necesitan, aunque tengan que dejarse la vida en ello. Al menos, yo estoy dispuesto.

Epílogo de este cuento

Los personajes de esta historia están basados en personas reales que han entregado su vida en favor de los demás, aunque no se trata de un relato histórico ni anecdótico, lo que aquí se propone en un único contexto se parece mucho a lo que le ha sucedido a cada uno en diferentes momentos y lugares. Sus nombres no coinciden casi en ningún caso. Esta es la realidad de las verdaderas personas que inspiraron este cuento en dos mil once...

Las hermanas María y Marta, además de ser hermanas entre sí, y con noventa y casi ochenta años respectivamente, siguen siendo misioneras en Bolivia en dos mil veintiséis.

El médico murió de tifus en un hospital de Bélgica en dos mil tres, aunque nunca fue consciente de su repatriación.

Miriam, con cincuenta y tres años, aún es misionera en el Congo en dos mil veintiséis.

La monja británica murió, al igual que en el relato, solo que por la picadura de una araña, y no era británica.

Mercedes y Vanessa, murieron de cólera en la India.

Sofía se encuentra en dos mil veintiséis en una misión en Perú y ha fundado media docena de comedores infantiles.

Bondú representa a los millones de lugareños que entregan su vida de forma espontánea en las misiones de su propia tierra.

Julio, con casi noventa años, desapareció en Angola en dos mil veinticuatro y dos años más tarde no se sabe nada de él.

Oshino, en realidad, representa a dos personas distintas. Ambas murieron en circunstancias similares a las del relato: una, por el ataque de un cocodrilo en Bolivia en los años ochenta; la otra, por una mina en la carretera, cuando intentaba conseguir provisiones para la gente de su misión en Angola en los años noventa, siendo remplazado por Julio.

EN SU HONOR SE HA ESCRITO ESTE RELATO.

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