El cadáver del jefe por fin sale del cementerio... pero no de las historias.
Finalmente, los vecinos han logrado que el cadáver de esa horrible persona sea exhumado y llevado fuera del cementerio del pueblo. Esa excusa, que continúa uno de los relatos del primer libro, abre la puerta a una nueva tanda de historias.
En El segundo sepelio del jefe y otros cuentos volvemos a ese mundo de personajes simples y situaciones que parecen normales hasta que dejan de serlo. Los relatos de este volumen no solo mantienen el tono del primero, sino que lo superan: son más heterogéneos, más incómodos a veces, y siguen jugando a dejar al lector dentro, sin poder salir hasta el final.
Es un verdadero tobogán: cuando crees que ya has llegado al suelo, aparece otra curva.
Poco a poco, el calor volvía a hacerse sentir. Estaba sentado en la mesa donde siempre nos encontrábamos un grupejo de amigos para tomar algunas cañas, en medio de las idas y venidas de la gente que, de tanto vernos allí, casi podríamos decir que nos conocía a todos. Ya era tarde y no quedaba nadie en la terraza, solo el dueño del bar, que agrupaba con tranquilidad las sillas esperando a que hiciera ademán de irme para cerrar definitivamente.
El Congreso era un barecito que presidía una esquina emblemática del pueblo. Allí, las personas más surrealistas de la zona nos sentíamos en nuestro entorno. Pasábamos infinitas horas en charlas y discusiones que se repetían cíclicamente; casi podría asegurar que, si me iba en medio de una de ellas y volvía meses después, podría seguir el hilo de la conversación. Así era el bar, punto de encuentro de locos, poetas y seres mitológicos de la vida real; entidades que se levantan a las siete a currar y son mucho más que un extranjero pegado a un teléfono, un hombre que saluda a todo el mundo detrás de su escoba o una maestra de instituto. Son personas llenas de vida, historias, complejos y anécdotas que confluyen alrededor de una cerveza para compartir un buen momento en un paréntesis de la realidad, donde hay espacio para que coexistan la foto del equipo de fútbol que convierte en capitalismo el deporte con la eterna vista puesta en el horizonte del Che. Precisamente allí me encontraba, buscando cualquier excusa para quedarme un rato más, a sabiendas de que, a pesar de estar ya solo, estaba disfrutando de una noche fantástica que presagiaba una primavera en todo su esplendor a pocos días de su llegada.
Cuando el hombre se acercó con su media sonrisa esperando a que me moviera, consciente de que yo no tenía muchas intenciones de hacerlo, me apoyó la mano en el hombro y comentó:
—¿Qué? ¿Te dejo las llaves y cierras tú? Mira que hay mucho que fregar.
Me eché hacia atrás contra el respaldo de la silla, bromeando con la posibilidad de quedarme a pasar la noche en la terraza, y reconocí en el bolsillo de su camisa una vieja libreta que siempre llevaba, pero que nunca le habíamos visto usar. Más de una vez lo habíamos comentado entre los colegas y especulamos al respecto, porque nos provocaba cierta curiosidad, aunque tampoco nos quitaba el sueño.
Como cualquier excusa valía para no mover un músculo esa noche, se me ocurrió preguntarle por ella; aunque, a pesar de haber entre nosotros un trato cordial, jamás habíamos llegado a tener confianza. Para mi sorpresa, se sentó a mi lado, dejó la bayeta con la que estaba repasando las sillas y comenzó a contarme su historia.
Según su relato, una tarde, estando la terraza medio llena, mientras su hija servía las mesas y él entraba y salía comprobando que no hiciera falta nada concreto ---como acostumbraba a hacer---, observó a un hombre de aspecto rollizo sentado en una mesita apartada. Se estaba tomando un té, pese a ser una tarde calurosa, y escribía en esa misma libreta; mientras, a ratos, interrumpía su propia escritura para mirar casi con ansiedad a su alrededor, como quien espera impaciente la llegada de alguien.
Pasaron las horas, los clientes cambiaron varias veces y el hombre seguía en el mismo sitio, amontonando tazas en un vértice de la mesa y repasando y corrigiendo lo que había escrito. La curiosidad le pudo, por lo que se acercó al hombre para saludarlo y preguntarle si necesitaba que le trajera algo más.
—Muchas gracias, estoy muy bien atendido.
—¿Espera a alguien?
—Sí, más o menos, pero es casi un hecho que ya no vendrá.
El pequeño cruce de palabras de cortesía fue, poco a poco, convirtiéndose en una conversación. Él se sentó a la mesa un momento y, así, el hombretón le confió, con su acento extranjero, que esperaba a alguien muy especial a quien nunca había visto. Pretendía regalarle un poema que estaba escribiendo en ese mismo momento y volver a su tierra. Llevaba muchos años alejado de ella; aunque no era para él algo nuevo, ya que en otros tiempos había sufrido el exilio de su país y había tenido que refugiarse en Italia, la nostalgia le podía y sentía la necesidad de volver junto a los suyos.
El hombre, de aspecto cuidado y ropa muy clásica ---lo cual contrastaba con la soltura y naturalidad que demostraba al hablar---, dijo llamarse Pablo. Le contó al dueño del bar algunas de sus anécdotas de juventud, sitios visitados y pequeñas cosas vistas ese mismo día; todo con una pasión en su relato y una fluidez en su vocabulario que hicieron disfrutar al interlocutor, quien desde siempre había sentido inquietud por las historias bien contadas.
Cuando se hizo más tarde y su hija comenzó a calcular la cuenta de los clientes de las últimas mesas, que ya se disponían a marcharse, el propietario le dijo que al hombre de la mesa de la esquina no le cobrara más que la mitad de lo que había consumido, y que le comentara que era una atención de su parte. La joven lo miró con desconcierto.
—¿Qué mesa, papá?
—La pequeña.
—Pero si no hay nadie.
—¡Joder! Ya se fue sin pagar.
—Se fue, ¿quién?
—El gordo que estaba en la mesa.
—¿Qué gordo? Si toda la tarde esa mesa estuvo vacía; solo te has sentado un momento tú y nadie más.
Se asomó por el ventanuco y, efectivamente, en la mesa no había nadie ni tampoco estaban amontonadas en una esquina las tazas de los varios tés que le había visto beberse; aunque, para asombro de ambos, cada uno por su motivo, sobre la mesa estaba la libreta.
Salió despacio, caminando con dubitación, y recogió la libreta, que estaba abierta en su segunda página con una nota. Al hojearla, encontró que en la primera estaba el poema. La nota de la segunda página decía lo siguiente:
«Estimado señor: Evidentemente, la persona a la que esperaba no va a venir. He podido ver que es usted un buen hombre y que puedo pedirle un favor: le agradecería que cuidara esta libreta con el fin de que, cuando venga quien esperaba a recoger el poema, pueda usted entregársela. Es una persona muy especial; solo bastará con mirarla a los ojos para que pueda usted reconocerla. Guárdela, por favor, y espere, porque antes o después esa persona llegará a buscarla. No podrá evitar sorprenderse cuando la vea; esa sorpresa será mi acto de gratitud por su gesto de paciencia. Solo le pido una cosa: no dé a conocer el poema a nadie hasta que su destinatario lo haya leído; entonces, podrá compartirlo con quien usted desee. Muchas gracias, Pablo».
Desde aquella noche, el dueño lleva encima la libreta del poeta, aguardando a que, cuando menos se lo espere, una persona muy especial, a la que mire a los ojos, le sorprenda haciéndole saber que es la destinataria del poema para entregárselo y, por fin, recitarlo a los que llevan varios lustros viéndolo cada día con la reliquia en el bolsillo de la camisa. Por supuesto, no he podido mirar en la primera página de la libreta, pero espero, al igual que los pocos que conocen la anécdota, el día en que podamos descubrir el poema del fantasma del Congreso.