Llevaba caminando al menos tres kilómetros cuando por fin las lejanas torres con cúpulas bulbosas de bronce dejaron de parecer un espejismo para convertirse en elegantes monstruos ardientes bajo el sol del mediodía.
No me atrevía a entrar al inmenso parque que configura el coqueto cementerio Mirogoj. Entre las monumentales rejas y los andamios de madera de las obras de restauración de la iglesia central, no estaba seguro de que fuera posible visitarlo sin más. Tampoco me esforcé en encontrar a quién preguntar y, serpenteando entre las endebles patas de pino, me escabullí entre las tumbas.
Me sorprendió el cuidado que había en cada una de las sepulturas. He estado en muchos cementerios, decenas de ellos, pero no recuerdo un nivel de decoro y elegancia como este. Entiendo, por fin, por qué era una visita recomendada, incluso para quienes no son admiradores de los terrenos del fin de los días. El parque no solo es un sitio muy cuidado, con costosos monumentos de piedra y ausente de excesos de ornamentos; era, además, una clara alegoría al orden y al respeto.
Aunque en la entrada podían verse tumbas pegadas unas junto a otras en parcelas divididas por calles de hormigón ---las más afortunadas, al refugio de árboles centenarios---, conforme uno se adentraba en el recinto, el diseño mutaba hacia lo que cualquiera escogería como un parque para hacer un picnic.
A mitad de camino entre lo que me deparaba el destino y la entrada, un enorme castaño que habría estado muy cerca de su primer milenio yacía en uno de los senderos, exhibiendo su tronco hueco seccionado por las motosierras del previsor equipo de mantenimiento del parque, que priorizó la prudencia antes que dejar al azar el momento de su caída para sumar nuevos clientes. El abatido gigante, que con total seguridad estaría allí desde antes de que la primera fosa fuera cavada, parecía darnos un golpe de realidad: nos recordaba que aun los más resistentes están condenados al inevitable final del ciclo vital o, por el contrario, a formar parte de esa rueda que vuelve a girar cada vez que la anterior concluye su vuelta.
Estuve unos segundos observándolo, quizá con nostalgia, quizá con congoja o quizá simplemente con insolación. Bebí los últimos sorbos de agua que llevaba en la mochila y continué caminando sin poder sacarme de la cabeza a aquel inmenso coloso que había acabado sus días, ajeno al hecho de que avanzaba entre tumbas de personas.
El parque era tan grande que ver solo lo más interesante me exigió casi una hora, bajo un sol de justicia tal que dejaba claro por qué apenas había gente a mi alrededor. Rectifico: gente viva.
Llegando al final, donde el terreno era casi por completo un parque y los entierros eran bastante más sencillos ---pero no por ello menos cuidados---, me sorprendió una tumba junto a la que había un hombre sentado con la mirada perdida en la nostalgia.
Imagino que estarán pensando: «¿Qué tiene de raro un señor sentado mirando una tumba? Y si tenía cara de nostalgia, menos sorprendente aún».
En este punto es cuando recuerdo que era mediodía y estábamos al menos a cuarenta y cinco grados bajo los árboles. Aquel hombre estaba, muy probablemente, más en choque térmico que triste.
No me atreví a hablarle, y mucho menos a sostenerle la mirada: no es habitual entre dos hombres que se encuentran solos en medio de un extenso campo, por muchas sepulturas que los rodeen.
En algún momento ---no sabría precisarlo, me estaba deshidratando y por instantes dudaba de que aquello fuera real, pues ya era bastante insensato que hubiera una persona allí, y mucho más que hubiera dos---, el hombre me miró con extrañeza, pero enseguida continuó con su particular contemplación.
Cuando me disponía a marcharme ---no lo había hecho aún porque intentaba descifrar el camino más corto---, se puso de pie y fue hacia un grifo de los que sirven para rellenar floreros para mojarse la nuca.
Para mí fue como ver a un vaquero divisar un oasis en pleno desierto. Aunque me temo que la mayoría de los que lean esto no sabrán de qué hablo: quienes veían aquellas películas descansan, en su mayoría, en sitios como en el que me encontraba yo en ese momento, solo que del lado contrario del asfalto.
Mientras el individuo se refrescaba, me tomé la libertad de acercarme a la lápida por pura curiosidad de saber por quién suspiraba mi improvisado compañero de aventura esa mañana calurosa.
Olga XXX \*1946 +2026
Zlatko XXX \*1943 +
Evidentemente, el apellido de ninguno de los dos era XXX; ya resultaba bastante poco ético haber espiado al pobre hombre como para, encima, desvelar su verdadera identidad.
En cualquier caso, el hecho de que faltara la fecha de defunción de uno de los nombres me perturbó un poco y la tentación de interrogarlo era intensa. Por otra parte, que Olga hubiera fallecido ese mismo año aconsejaba prudencia.
Me giré para marcharme y me topé con el hombre a menos de medio metro a mis espaldas, mirándome con asombro.
Gesticulé pidiendo disculpas ---no sé ni una sola palabra de croata---, pero él me indicó que no me preocupara en un inglés tosco y difícil de desentrañar.
Su semblante se relajó y casi adoptó el tono de una invitación a conversar. No soy hombre de entablar charlas con extraños, menos aún cuando mi única prioridad es sobrevivir a un sol implacable. El calor es mi archienemigo personal, mal endémico de pieles pálidas desacostumbradas al trabajo a la intemperie.
Lo observé unos segundos sopesando qué decir. Mi sentido del pudor me advertía de que cualquier comentario resultaría fuera de lugar, pero, antes de que pudiera formular una pregunta inocua, el hombre tomó la palabra.
—Olga was my wife, she... death... I don\'t know how to said... do you understand?
Vamos: que la mujer de la tumba era su esposa. Según añadió después, había fallecido hacía solo dos meses y venía a visitarla a diario, aunque nunca sabía qué traerle porque no le gustaban las flores.
—¿Y qué le gustaba? ---pregunté en un inglés todavía peor que el de él.
—Beber. ---Y soltó una sonora carcajada.
—Pues no se hable más: mañana te traes una botella y dos vasos.
—Tres, y estás invitado.
A decir verdad, de no haberme visto obligado a abandonar Zagreb esa misma tarde, habría aceptado de buen grado, y eso que no soy partidario del alcohol a pleno sol.
Cruzamos un par de frases más y decidí regresar al hotel para hacer la maleta y comer algo antes de desmayarme. No obstante, la curiosidad se impuso a la prudencia y le pregunté quién era Zlatko.
—-Yo ---respondió.
Me quedé perplejo.
—¿Ha puesto usted su nombre en la lápida?
—¿Por qué no? Para lo que me queda, lo dejo todo preparado.
—Al menos no ha puesto la fecha de... ---Lo dicho: cuando uno habla de más, mete la pata.
—Iba a poner 2026. Aún quedan varios meses y el dolor es tan profundo que estaba convencido de no pasar de este año, pero el marmolista se negó; eso sí, me prometió completarla gratis y con la misma tipografía.
No sabía qué responderle; una palabra de ánimo hubiera sido lo normal, pero las palabras de bote rescatadas de terapeutas de redes sociales me dan ---no encuentro una palabra menos dura que arcadas---, pero es lo que me provocan.
Me mantuve en silencio, me acerqué y le di una palmada en el hombro. Zlatko me miró y esbozó su primera sonrisa. Entonces las palabras salieron solas:
—Estoy seguro de que volveremos a vernos, y no pienso regresar por aquí antes del próximo verano.
—Ya sabes dónde encontrarme. Me encantaría invitarte a ese trago, pero te aconsejo traer botella y tres vasos. Eso sí: no dejes de venir. Si no es el próximo verano, que sea el siguiente.
—No seas... Te va a tocar pagar la botella a ti, ya lo verás.
Sonrió con resignación y alzó la mano dando por zanjada la conversación. Volvió a sentarse con la vista clavada en la tumba y ni pestañeó cuando me despedí.
Así, sin más, me alejé medio deshidratado en busca de un refugio más fresco donde apurar mis últimas horas en Zagreb. Por un instante llegué a creer que el calor me había regalado una alucinación para el anecdotario, pero las fotografías que le saqué a Zlatko a distancia antes de cruzar palabra confirmaban que todo había sido real; tristemente real.
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