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Novela · Ficción · Ciencia ficción

La evolución de la teoría de la evolución

Una teoría absurda escrita en un chat, un sistema que se cae... y la duda de si lo ridículo no era tan ridículo.

Una joven antropóloga ironiza con una teoría absurda en un chat, ante las burlas de un creacionista. De pronto, el sistema informático se cae.

¿Y si su teoría no es tan descabellada?

De un momento a otro se ve sumida en un caos de violencia y conspiraciones gestado por gente que no solo no conocía, sino que además no entiende qué rol cumplen en la sociedad.

Estamos frente a una novela de ficción que nos hace plantearnos hasta qué punto las cosas que reconocemos como reales no son sino simples acuerdos tácitos, asumidos en un entorno que nos adoctrina para hacernos creer que la vida es más sencilla de lo que realmente es.

En esta historia no habrá un momento de calma: todo es vértigo hasta el último párrafo, donde las sorpresas se encadenan para que el lector no pueda ceder un solo respiro.

Estamos en peligro de extinción. ¿Habrá retorno?

Autor
Marco Brunengo
Editorial
UFO Burger
Año de publicación
2014
Páginas
268
Edición
2ª edición
ISBN
979-8814495303
Fragmento de lectura · Capítulo «Helena»

Mi nombre es Helena Montoro, soy la hija menor de cinco hermanos; a excepción de mí, todos varones. Como ya os habréis imaginado, mi llegada ha cerrado un ciclo, afianzando la firme decisión de mi madre de no volver a parir nunca más; cosa que me recordaba cada vez que tenía oportunidad y, sin falta, en cada uno de mis cumpleaños.

Soy antropóloga y, aunque parezca incompatible con mi profesión, una gran aficionada al arte. Lo que más me fascina es el cine, aunque muchos consideran que no es arte, pero yo creo que es la máxima expresión de este; de hecho, considero que es donde todas las formas de arte son capaces de conjugarse y poder ser presentadas a la gente sin distinción de clase social y, sobre todo, sin discriminar el poder adquisitivo de quien admira lo que se propone. No es necesario gastar una suma impresionante de dinero para ir al Louvre o disponer de un equipo guía para admirar las pinturas rupestres de las cavernas de Livnin, es suficiente con pagar siete pavos y sentarse cómodamente en una butaca a disfrutar.

Fue mi fascinación por el cine lo que me llevó a encaminar mi profesión hacia la parte más irreal del ser humano. Como atea confesa, siempre he abrazado como un hecho demostrado la teoría del doctor Darwin y, como profesional de la antropología, he tenido oportunidad de profundizar en ella mucho más allá de lo que lo han hecho algunos de los autores que han vivido a costa de editar libros al respecto.

A pesar de mi convicción acerca de la teoría, nunca ha dejado de sorprenderme la manera en que el hombre, a lo largo de su historia, ha recurrido, incluso hoy, en pleno apogeo de la ciencia, a recursos como las deidades, los extraterrestres o la parapsicología; e incluso más allá, tanto la literatura como las creencias populares nos proponen vampiros, ángeles, fantasmas, magia, reencarnaciones y tantas cosas sobrenaturales que no tienen ningún tipo de soporte creíble y, sin embargo, son más conocidas que las bases de nuestra ciencia, la que nos mantiene con vida día a día. Todos mis esfuerzos de investigación y educación los he encauzado en esa dirección, ya que siempre soñé con la posibilidad de poder ser asesora, o incluso guionista, en una producción cinematográfica.

Está claro que hoy en día, si no tienes una beca de investigación, es muy poco probable que alcances cierto reconocimiento, ya que puedes pasarte toda la vida investigando y nunca llegar a nada lo suficientemente grande como para hacerte destacar entre los miles que se dedican a lo mismo que tú; y, si lo descubrieras, es más probable ser plagiada en el intento de divulgación que llegar a ser reconocida por el descubrimiento.

Por ello, al igual que muchos jóvenes investigadores autodidactas y autofinanciados, tenía dos características fundamentales: primero, trabajar en otra cosa para ganarme el pan, y segundo, publicar mis conclusiones en foros y redes especializadas de Internet, con la ilusión de que algún pescador de cerebros online se fijase en mí.

Siempre he sido una persona optimista y cada vez que me conectaba estaba convencida de que ese sería mi día, pero nunca hubiera imaginado que ese sí sería mi día y que, siéndolo, me hiciera, aún hoy, plantearme si no debiera haber dejado el ordenador apagado.

En uno de los foros del que solía ser asidua, se había iniciado una discusión acerca de los seres mitológicos, los orígenes, los motivadores, el carácter poético de sus creadores, etc.; algo casi habitual en este tipo de reuniones. Todo bastante normal, hasta que un incauto opinó con un argumento que es también bastante habitual, fundamentalmente entre la gente poco culta. Esta persona sostenía que la teoría de la evolución era incapaz de explicar por qué, en todas las culturas y en todos los tiempos, existieron seres sobrenaturales; lo que demostraba, a su entender, que las pruebas que sostenían a Darwin eran circunstanciales y carecían de argumentos para abarcar la totalidad de la realidad. Ante semejante afirmación, como era de esperar, se le lanzaron todo tipo de argumentos, valoraciones y, por qué no reconocerlo, insultos y descalificaciones.

Yo, en un acto posiblemente de soberbia y ante la seguridad que da el anonimato, me permití lanzar una teoría absurda, pretendiendo alardear de ironía al ridiculizar de ese modo al incauto que se había metido en un foro profesional con argumentos banales; pero, a poco que desarrollaba mi planteamiento, este cobraba fuerza y, cuanto más buscaba retorcerlo para hacerlo parecer ridículo con la intención de dejar en evidencia al internauta, más lógica parecía mi postura.

Fue solo un argumento lanzado al azar, y casi sin respaldo ni explicaciones de ningún tipo, pero la idea me quedó dando vueltas en la cabeza y no me dejó ni un momento; ni siquiera me perturbó que el sistema se cayera repentinamente, porque para entonces mi pensamiento se encontraba diametralmente apartado del ordenador.

Seguí pensando en la posibilidad de que el absurdo que había creado para burlarme de un desconocido pudiera ser, en alguna medida, una posibilidad plausible. Le daba vueltas y cada vez tomaba más forma. Poco a poco, la ansiedad me invadía y una extraña necesidad de pensar a mayor velocidad me atropellaba, comiéndose mis nervios y dejándome en una situación casi de autoabducción o de implosión mental; era como si, de repente, el universo se hubiera reducido solo a mis pensamientos, nada había alrededor, solo lo que estaba pensando\... ni siquiera estaba yo misma.

Casi con el mismo vértigo con el que había entrado en mis razonamientos, sentí que salía de ellos y se apoderaba de mí una inmensa necesidad de compartirlo con alguien, a diferencia de lo que hacía habitualmente, cuando una sensación de propiedad, recelo y temor al robo controlaba ese deseo de hacerlo saber. Llamé entonces a María Laura, mi excompañera de facultad y gran antropóloga que, a diferencia de mí, sí se dedicaba a nuestra profesión, y le pedí, con una ansiedad infinita, que viniera a mi piso, porque necesitaba decirle algo sumamente importante que no podía decirse por teléfono.

—¡Venga ya! ¿Otra vez te has enamorado definitivamente, descubriendo al hombre perfecto, del que nunca te vas a separar y necesitas a alguien a quien mostrarle las fotos del móvil mientras eliges modelito para la cita...? Mira si te conozco, "H"elen, agradece que mi novio tiene tarde de fútbol con los amigotes en casa y que no me apetece aguantar sus eructos y cargar en mi escote los ojos de todos; anda, "Mariloca", nos vemos en un "plis plas".

No me dejó ni decirle palabra, ella era así: una cabeza loca que hablaba mucho, escuchaba lo justo y siempre estaba dispuesta a soportar mis ataques de euforia o de inmersión en lo profundo de mis peores crisis anímicas, arrastradas por tantas frustraciones que he soportado toda mi vida.

María Laura siempre fue una estudiante excelente. Cuando aún no había terminado la carrera, un director de cátedra la incluyó en su equipo pedagógico y, desde el mismo día en que se licenció, se incorporó como parte del cuerpo docente. Le fascinaba la investigación y, a diferencia de mí, solo le interesaban dos cosas: la antropología y su novio. Su novio era un patán de mucho cuidado, pero ella tenía los ojos muy puros y, a través de ellos, solo era capaz de ver cosas buenas en los demás, incluido aquel energúmeno. Teniendo en cuenta su otro gran interés, la antropología, y lo mucho que recordaba a un cavernícola aquel personaje, no era extraño que le quisiera tanto. Éramos amigas desde muy pequeñas y desde entonces hicimos casi todo juntas: primeros cumpleaños, primeras salidas, primeros novios, primeras locuras; era la hermana que nunca había tenido. Hasta llegábamos a tener un cierto parecido, a pesar de ser ella un poco más morena y de tener tatuada una sonrisa en la cara. Mis hermanos no podían entender ese vínculo con una desconocida que parecía más fuerte que los lazos de sangre. Siempre estábamos juntas; su madre era como mi madre, y la mía como la suya. Saber que vendría era garantía de un buen momento compartido, una noche larga de charlas infinitas y distendidas, y una opinión seria sobre mi razonamiento de esa tarde, con la total seguridad de que no sería ni plagiada ni burlada y que, además, sería una opinión tremendamente profesional y cualificada, ya que María Laura era la mejor antropóloga que nunca pude conocer y veo difícil que alguna vez conozca. Pese a tener la misma edad que yo, se dice que nuestra profesión se potencia con la experiencia y la edad, pero, con sus veintinueve años, era capaz de demostrar estar un paso por delante de todos los que se ponían a su lado.

En cuestión de unos pocos minutos llegó; su piso estaba relativamente cerca y, en su bicicleta voladora, como le gustaba llamarla —porque se cruzaba con una temeridad infantil entre el tráfico---, necesitaba más tiempo para bajar de su quinto piso y para subir a mi séptimo que para ir de un edificio al otro.

Se puso ante el portero automático y, llamando cinco veces, como de costumbre, gritó tan fuerte que casi podría haberla escuchado por la ventana...

—¡Servicio de cervezas y magdalenas a domicilio...! ¿Vive aquí la princesa Helena?

Sin esperar respuesta, dejó la bicicleta desprotegida en el portal y subió como un tiro de escopeta por las escaleras con la bolsita de las magdalenas y las cervezas. Casi sin aire, llegó a mi rellano, donde la esperaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una ilusión de amante...

—¡Abuelita, abuelita, qué ojos tan grandes tienes, te traigo unas galletas que ha cocinado mamá! —dijo meneando la bolsa al mismo ritmo que su cabeza y haciendo crujir los cristales entre sí.

Me dio un apretón de hombros, sin beso, y se metió en el piso hablando Dios sabrá de qué, porque mi cerebro había aprendido a escuchar solo algunas de las cosas que decía, ya que todo el tiempo estaba diciendo algo.

—¿Y qué, princesa? ¿Cómo es el príncipe azul esta vez?

—¿Qué príncipe azul ni qué nada? No hay príncipe esta vez, solo quiero contarte algo que se me ha ocurrido; creo que es una buena teoría, algo sobre la evolución que no había escuchado antes, a lo mejor tú sí, pero me parece muy interesante.

—¿Qué pasa, mi Casanova? ¿Ya no le van los tíos buenos y se conforma con monos? No me digas que traje mis cervezas para las ocasiones especiales y le robé magdalenas a Maruca para que hablemos de libros; de mí se puede esperar, pero de ti... ¡mmm\...! Te está atacando la vejez, amiga del alma.

—¿Qué vejez ni qué tonterías? Ven, siéntate, es muy interesante.

El hecho de que la hiciera sentar para hablarle de algo serio la debió preocupar, porque se sentó en posición de alumna de primero y se quedó en silencio esperando a que comenzara mi relato.

—A ver, ¿cómo comienzo? No es fácil, mira, eh... bueno, según la teoría de Darwin, las especies han ido evolucionando desde formas de vida muy simples hasta llegar a los seres más complejos. Estos, a su vez, también han evolucionado y se supone que lo siguen haciendo; por supuesto, siempre hemos dado por hecho que la máxima expresión de la evolución es la raza humana. Hasta aquí me sigues, ¿verdad?

—Sí, haz de cuenta de que soy antropóloga.

—Vale. Por otro lado, siempre se ha hablado de la existencia de seres sobrenaturales, fantasmas, Dios, Alá y toda esa peña, en las distintas culturas y en diferentes tiempos. Siempre, donde mires, la gente, incluso hoy en día, sigue teniendo ese tipo de cosas presentes todo el tiempo; pero... y no digo que me lo crea del todo, pero...

—¿No me irás a decir que te has metido en una secta o algo de eso?

—¡Calla, calla! Mira, lo que creo\... bueno, pienso... ¿qué pasaría si...?

—¡Mamita, esas cosas no se pueden demostrar, porque no existen! Son mitos, no puedes demostrar lo que no tiene base científica.

—¡Que me escuches!, ¡joder! Solo un momento... ¿qué pasaría si lo que propone Darwin es verdad, pero lo estamos enfocando desde un punto de vista sesgado? ¿Qué pasaría si la raza humana no fuera la máxima expresión de la evolución? ¿Si desde los primeros seres unicelulares se hubiera evolucionado y, así como unos llegaron a ser elefantes, otros ballenas y otros personas, pudiera haber otros seres que fueran más evolucionados, no seres sobrenaturales, sino hijos de la misma naturaleza, animales que tuvieran mejores capacidades que nosotros y que, por eso, desde nuestra ignorancia, los vemos como seres irreales? ¿No puede ser que, como no podemos explicarlos, asumimos que no se pueden explicar y los mitificamos? ¿No ha pasado lo mismo con tantas cosas a lo largo de la historia que, por ser incomprensibles, se consideraban mágicas? ¿No cazábamos brujas hace unos siglos? ¿No adorábamos al sol, al fuego y a la lluvia algunos miles de años atrás? ¿No será que hay animales más evolucionados que nosotros? Podría ser, ¿verdad?

Se hizo un prolongado silencio. Podía ver en sus ojos cómo su cabeza diseccionaba cada palabra que había dicho y, a su vez, cómo disfrutaba de lo que estaba pensando; casi ni respiraba. Al cabo de varios minutos en los que no fui capaz de interrumpir su pensamiento, respiró brevemente, como para comenzar a hablar, se detuvo y volvió sobre lo que estaba pensando, esta vez se puso de pie y, dando pasos cortitos y haciéndose rulos en el pelo con un dedo en una de sus sienes, iba y venía por toda la sala. Yo pretendía abrir las cervezas y disponer sobre la mesa las magdalenas, tenía mucha hambre, pero verla pensar era casi una obra teatral; seguramente, habría gente en alguna parte del mundo dispuesta a pagar una entrada por verla en ese momento.

—"H"elen... ¿qué has fumado?

La miré con sorpresa, casi con decepción, esperaba un elogio y recibía un... "no sé qué". La volví a mirar, esta vez con un gesto exagerado, como intentando sacar los ojos hacia afuera, dándole a entender que esperaba su opinión. Entonces se dejó caer pesadamente sobre el sofá con la mirada puesta al frente y, cogiendo una magdalena sin mirarla, la partió por la mitad y se la metió en la boca como un reptil que se traga a un animal entero. Hizo una pausa, siempre con la mirada al frente y, todavía atragantada con la magdalena, comenzó a hacer gestos sin poder hablar, porque aún tenía completamente llena la boca. Tragó en un acto casi suicida y, sin quitar la vista de la pared, dijo...

—Es, es... como que... tiene que ser\... No, mejor dicho, podría ser\... totalmente, podría ser\... Es muy simple, es demasiado simple, pero podría ser. Seguramente, el principal escollo es dónde están y por qué aparecen, asustan y se van; pero podría ser, ¿por qué no? "H"elen, ¡estás como una puta cabra!, pero me gusta: es una teoría genial. Cuando te vayas a las Galápagos a demostrarlo como "Sir Charles", me escribes, y si pillas a un superdotado, ya sabes de cuáles me gustan a mí, me apartas uno... ja, ja, ja, ¡tía, me gusta, me gusta! Es casi imposible demostrarlo, pero podría ser, por qué no. Es posible que no sea verdad, mejor dicho, es casi un hecho que no lo es, pero la teoría es buenísima; me gusta, es muy pedagógica. Proponerla en un aula de la facultad, por ejemplo, en investigación, da muchísimo juego.

La aprobación de mi amiga me hizo sentir muy halagada; era una persona sumamente inteligente y saber que le había parecido buena mi teoría me llenaba de satisfacción; aunque no puedo negar que el hecho de que la viera como "tremendamente improbable" me sumía en una especie de frustración por ver cómo algo en lo que había puesto muchísimas ilusiones durante algunas horas se quedaba en solo una gran teoría, digna de discusión con sus alumnos.

En mi cara debió haberse reflejado esa frustración, porque, de un salto, se sentó a mi lado, destapó un par de botellines de cerveza y propuso un brindis...

—Por "la evolución de la teoría de la evolución", para que no te olvides de mí cuando recibas el premio Nobel.

Cruzamos un par de risas, algunas bromas y, para cuando quise acordarme, ya estábamos sumidas en las mismas charlas distendidas y eternas de siempre, comenzando por la película que, con bombo y platillo, estaban promocionando en todos los medios conocidos con un elenco excepcional y un presupuesto sin precedentes; no podía evitarlo, era mi pasión. Como siempre pasa en estos casos, la luna nos sorprendió por la ventana y, justo en ese momento, nos dimos cuenta del hambre que teníamos. Entonces pedimos unas pizzas y nos dispusimos a refugiarnos en el calor de mi cama, con una película de culto, un buen vino y muchas horas por delante para seguir conversando.

María Laura fue a darse una ducha mientras yo llevaba desde la cocina las cosas para cenar y recogía un poco el discretísimo alboroto que había. Un crujido me sorprendió. Suelo escrutar cada pequeño ruido que hay en mi casa, es un vicio muy habitual en una chica que vive sola en una ciudad grande y peligrosa como esta, pero la presencia de María Laura y su eléctrica manera de andar me llevaron a prestar más atención a que no se hubiera roto algo, en lugar de preocuparme de que alguna circunstancia extraña estuviera ocurriendo.

Pocos minutos después, yo estaba en mi habitación viendo los créditos de la película mientras esperaba la llegada de mi amiga de su larguísima ducha, o la del chico de la pizza, lo que fuera primero. Recostada sobre una montaña de almohadas y almohadones que escondían el cabecero de la cama, con las piernas estiradas y cruzadas entre sí, disfrutaba de un momento que parecía glorioso, quizá por la compañía, quizá por la sencillez o quizá solo porque ese día me sentía afortunada. Mis pies, sumergidos en calcetines de lana caseros, parecían dos payasos de colorines molestando en la parte de abajo del televisor, mientras los ruidos de la calle, amortiguados por el climalit, denunciaban una dicotomía de la que el mundo estaba siendo testigo sin tomar partido para denunciar.

María Laura terminó de ducharse y, con su infinita constancia, se desenredó el pelo. Por el tiempo que tardó, podría haberlos separado uno por uno. Se envolvió en una toalla y salió rumbo a la habitación. Inmediatamente, al cruzar el dintel de la puerta, se encontró con dos personas que le hicieron soltar un grito agudo, corto y casi sin aire, que uno de ellos interrumpió con una mano enguantada en cuero, a la vez que la sujetaba con la otra por la nuca. Su grito me sobresaltó y acudí a ver qué le pasaba. Al final del pasillo pude ver el reflejo de los hombres sin que ellos, de espaldas al espejo donde los estaba viendo y sin ángulo para verme, se dieran cuenta de mi presencia.

Los dos hombres eran muy altos y robustos. Uno, en particular, parecía desproporcionado en mi pasillo. Ambos iban vestidos con un pantalón vaquero y una chaqueta de cuero, pero se les veía radicalmente diferentes en su aspecto. Mientras el que tenía a mi amiga sujeta estaba desaliñado, levemente gordo, calvo y con la chupa gastada, además de tener al lado un mazo inmenso, con el asa de más de un metro de largo y la parte metálica más grande que un adoquín; el más corpulento tenía un aspecto cuidado, la chaqueta brillaba como si estuviera recién comprada, estaba peinado hacia atrás como John Travolta en Grease y su semblante reflejaba calma y seguridad, como quien tiene controlada por completo toda la situación.

Yo me volví con desesperación buscando algo con lo que defender a María Laura, pero en toda la habitación no encontré nada lo suficientemente firme como para poder hacer algo contra esos hombres tan enormes. Llorando en silencio y con el razonamiento nublado, noté que venían hacia mí. Me metí debajo de la cama y me tapé la boca para evitar que un grito se me escapara por el espanto. Pude ver cómo arrastraban los talones de mi amiga por la alfombra en dirección a la cama y, un par de metros antes de llegar, era lanzada y caía encima de mí; pensaba que la cama se iba a desarmar.

El hombre calvo le pisó la cara mientras le preguntaba si era ella la antropóloga, y se sentía cómo la presionaba con la bota de motorista de forma cíclica y sin levantar el pie. Podía escuchar los jadeos cada vez que disminuía la presión y cómo su respiración se cortaba repentinamente cuando la cama acusaba que nuevamente la estaba presionando. Entonces, una bocanada de aire ruidosa llenaba mi cuarto y otra vez los jadeos lo inundaban todo.

El otro hombre se acercó y, sin perder los nervios, le advirtió a su compañero que, si no le sacaba el pie de la cara, no podría contestarle, a lo que aquel respondió levantando violentamente el pie y, al cabo de estar unos segundos parado a la pata coja, dio un paso inmenso hacia atrás y María Laura se escurrió hasta el suelo. En ese momento, sus ojos vidriosos y enrojecidos se alinearon con los míos. La marca de la bota en la cara se comenzaba a amoratar y las rozaduras soltaban pequeños hilitos de sangre. Hice entonces ademán de lanzarme sobre ella, pero, en un gesto que no necesitó más que un movimiento de párpados, insinuó que no me moviera para que no supieran que estaba allí.

Sin mediar más tiempo, la cogió por los pelos y la levantó en el aire, dejando caer delante de mí la toalla que mínimamente la vestía.

—¿Eres o no antropóloga? ¿O te voy a tener que pedir la documentación?

Un "sí" vacío se escuchó y, de inmediato, un puñetazo en su estómago, a la vez que, en tono de burla, el hombre desaliñado se dirigía a su compañero diciéndole que estaba todo listo. La dejó caer y, sin ofrecer ninguna resistencia, se estampó en el suelo. Sin aire por el dolor y nuevamente con la cara en la alfombra, su mirada se puso frente a la mía.

Esta vez sus ojos estaban extraviados, sus dientes ensangrentados y hacía movimientos abdominales exagerados, pero era incapaz de respirar. Pude ver las botas del agresor aparecer detrás de ella y, tras erguirse, descargar violentamente un mazazo en una de sus manos, que estaban apoyadas en el suelo en posición de pronación. Pude intuir cómo estallaban todos los huesos, pude escuchar cómo la sangre se esparcía en todas las direcciones y pude ver cómo la expresión de su cara se contraía, sin poder emitir sonido, en un gesto de dolor infinito, retorciéndose y acurrucándose sobre su mano destrozada, adoptando una posición fetal deslavazada y mantenida gracias al apoyo de su otra mano. De inmediato, dio otro mazazo en la mano sobre la que se apoyaba, consiguiendo el mismo resultado, aunque esta vez un grito agudo y potente invadió todo el piso y, seguramente, buena parte del edificio. El otro hombre reprendió al del mazo diciéndole que estaba haciendo sufrir innecesariamente a su víctima, por lo que el hombre calvo, mascullando insultos a media lengua y no sin antes darle una patada de lado con el empeine de la bota para girarle la cabeza, descargó un último golpe en su frente, quitándole la vida.

Durante un instante se detuvo el tiempo. El mismo momento en el que el mazo entraba en su cabeza se congeló. Hubo una pausa anormal y definida, como quien detiene una película para concretar algún detalle casi imperceptible que el director quiso esconder solo para los más perspicaces, pero esa pausa se deshizo y la cabeza de mi amiga se proyectó en todas direcciones en pedacitos ridículamente pequeños, pegajosos y malolientes, embebidos en un líquido seroso, con resquicios de sangre y pelos que se pegaron en cada rincón de la habitación y, por supuesto, también en mi cara.

Todos mis esfuerzos por evitar gritar se diluyeron, pero, a diferencia de lo que esperaba, no emití ningún sonido; no hubo grito de la escena de Psicosis ni ataque de pánico con espasmos exagerados, solo silencio. Mi cuerpo entumecido y acurrucado debajo del colchón se quedó inmóvil, sin poder hacer absolutamente nada, no podía ni pensar. Mi cabeza se mantuvo en blanco durante la hora que los hombres estuvieron desbaratando cada rincón de mi casa. Revisaron cajones, tiraron libros y rompieron con desgano algunas cosas. Por fin decidieron irse, se llevaron un par de cuadernos de apuntes, el ordenador, las magdalenas que habían sobrado y se perdieron por la escalera, cerrando cuidadosamente la puerta sin hacer ruido.

Cuando se fueron, seguí inmutable y engarrotada en el mismo sitio durante, al menos, media hora más. No tenía fuerzas para hacer nada, ni siquiera para pensar. En algún momento vi que, en el suelo, a menos de medio metro de donde me encontraba, estaba el teléfono móvil de mi amiga. Estiré el brazo, lo cogí y llamé al teléfono de emergencias, pero no pude decir nada.

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